Immanuel a los 11 meses

Por, Luis Alberto Nina​

Cuando agarra el celular, porque todavía lo agarra especialmente en momentos donde no se le está observando, y se voltea; allí está su padre, quien lo juzga con la expresión. Él sonríe de modo cómplice, y lánguidamente lo deja salir de entre sus manos. Si algo sabe el Talismán, aparte de que sus padres lo aman, así con la misma certidumbre como se conquistan las formas exclusivas, entre el temor de la edad, es que, hay tales materias que cuando éste palpa o intenta manipular, los rostros de su liderazgo cambian de un modo muy extraño cual ya él posiblemente entiende… Y parece que no es buena ests expresión puesto que, cuando son los lentes que toca o roza, su padre suele colocarlo entre sus piernas, y le indica que es «castigándolo» que está. Y creo que esa palabra también la entiende muy bien, porque al escucharla, deja todo en su lugar y se incorpora de un santiamén. A lo mejor no sepa aún lo que es «castigar» per-sé, sí la relación del hecho con aquel sitio donde se siente incómodo por algunos segundos o minutos… -¡No quiero estar allí! -pensará-.

Hasta ahora el churumbel va «viento en popa; dice «mame», cuando quiere decir, «dame»; «gracias» y «mamá» y, por alguna razón, ha dejado de decir «papá». Le gusta el agua en todas sus facetas, especialmente la que se bebe, más que lo que al papá le gustan las cervezas; se ríe de sólo ver reír a otros y lo hace a carcajadas; toca la tambora, gatea, camina bastante y ya se cayó de a duro en uno de sus intentos… hace muecas con las manos cuando quiere comer y al hablarle de cepillarse los dientes se emociona como la pólvora. Y cuando es que se le dictan aventuras, especialmente cuando el padre lo hace: aplaude, lanza besos, abraza el pecho de éste y hasta lo besa. Mas, cuando es que se le canta “Cumpleaños”, se pasa toda la melodía aplaudiendo y sonriendo. No sé cuál es esta otra relación que percibe en el canto, pero sí que le gusta; lo baila, lo grita y se esmera en sonreír -cada vez más- de un modo bastante acertado… ¡Sí que crece el pegote! Crece y, si todo sale bien, ya pronto estaremos conversando de toda la vida (conmigo, con su padre).

Tengo tantas historias para él, ya ando exasperado por empezar a detallarle los fenómenos sociales con los que se viste la idiosincrasia de la humanidad en este mundo; las ansias por presenciar sus reacciones me agitan de emoción. Mi esposa dice que ése será mi compañero de charla, que si algo tengo positivo es que mi insistencia no tiene fin, y le voy a enseñar todo lo poco que sé.

El chico resultó muy saludable y no necesita anteojos, por ejemplo, porque ya lo confirmé al hacerle La prueba del pelo… a propósito, si algo lo tiene fascinado es todo tipo de cabello o bello, vive agarrándole parte del mismo a todo el que se le acerca. Cuando le doy la leche, sacude estrepitosamente los pelos de mi pecho, me roza la barba y hasta me manosea las pestañas. ¡Un adicto a los cabellos ha nacido, Mi Amuleto! A ver cuánto le dura… Por eso le hice La prueba del pelo: sostuve una hebra de mi melena en el aire, a unos 2.37′ de distancia, y fue en busca de ella. Duró varios segundos intentando cangrejearla, pero el viento le dañaba la hazaña. La sostuvo entre sus dedos, finalmente, y apretó el mechón al unísono y solitario, y… ¡Katapum! Iba en dirección a la limpieza de una boca donde nada más habitan 4 dientes y un intento blanco, cual no decide si hacerse realidad o seguir aparentando para las fotos. Más duré yo para quitarle la prueba de la mano, luego recordé que no tenía mis lentes puestos. Fui a su mano y subí a los dedos de donde extraje la especie. Se molestó, pareciera que el peso del pelo lo desbalanceó…

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