Roberto Gómez Bolaños

Por, Luis Alberto Nina

Raul Gomez Bolano

Por alguna razón abstracta no había tenido la oportunidad de generar el más mínimo comentario de nuestro querido Chavo del Ocho, nuestro Chapulín Colorado, nuestro Doctor Chapatín, nuestro Chaparrón Bonaparte y, mi favorito de todos, el Chómpiras. E imagino que aquella razón ha de ser porque simplemente no me nacía. Creo que quedé ido, o quizá era porque desde hace tiempo ya esperaba su muerte. Sabía que se encontraba en mal estado y que además su edad nos debía traicionar. Y seamos más serios: que nadie vuelva a mentir; que eran más de 100 años de edad que tenía, si hasta Don Francisco dijo una vez que se crió mirando a Chespirito. Yo le creo…

Chompira

El Chavo del Ocho, como le solíamos decir casi todos, tenía –como todos los seres humanos– un nombre perfectamente verdadero. Éste se apodaba “Roberto Gómez Bolaños”. Juro que había unos cuantos aventureros que solían llamarle así. Yo los escuché varias veces. Me reía de ellos… La primera vez que conocí de este seudónimo, recuerdo que me confundía; siempre pensaba que se trataba de aquel extraordinario poeta chileno. Aquél que dio semejante aporte al enriquecimiento de nuestra literatura latinoamericana del s. XX, el inmenso escritor, Roberto Bolaño. Sin embargo, era del hombre de los “Ch” del que se solía hablar. Recuerdo que me costó bastante trabajo diferenciarlos. Es como cuando la primera impresión logra sus efectos, que luego es casi imposible erradicar aquella creencia. Así me ocurría con el binomio de los nombres de sus personajes y su nuevo apodo; me había enamorado tanto de aquéllos que, era imposible reemplazarlos con otro nombre. De manera que, como todos, me había contagiado la magia de sus nombres, al igual que los del grupo de personajes—compañeros de él, que tanto alegraron a mi niñez. Yo creo que simplemente algo en mí no quiso que se estorbase eso…

Chapulin Colorado

En la casa donde me crié cuando niño, el televisor (como en la de todos, me imagino), estaba manipulado por una antena personal, que se situaba encima del techo de la casa. Para que los canales se viesen, se debía uno encaramar encima del techo y maniobrar –jugando con el viento– la manera correcta para que salieran imágenes en canales. Si esto no se hacía, no habría televisión. Bueno, ya esto era parte de la cotidianidad: un muchacho –de los cuatro que éramos–se iba a manipular la antena para ver si esta vez tendríamos suerte. No obstante, para ver el Chavo del Ocho o el Chapulín Colorado, que eran los dos programas más vistos, de los que daban al medio día; había que sintonizar el canal nueve, “Color visión”, pero éste era el más difícil de todos (de encontrar). Por más a la izquierda o a la derecha que se direccionara la antena, nunca mostraba nada. Solamente, —para torturarnos—digo yo—, la consola emitía aquella musiquita de uno de los programas, encantadora por cierto, que nos recordaba que una vez más nos íbamos a perder el programa… Y así convivimos todos, los cuatro muchachos y una prima, sin lograr ver “en nuestro hogar” a ese tal Roberto Gómez Bolaños, a que nuevamente hiciera una de las suyas. Mas, ahí no acababa todo, vivía otra manera de conquistarlo: para poder disfrutar de aquel programa que todos hablaban en la escuela, teníamos que proceder a lo que hacían muchos en el barrio. Ya la voz había corrido tanto que llegó ante nuestros oídos: nos escapábamos e íbamos a la casa del vecino y, a través de los huecos de los ladrillos, “vicentiábamos” aquel espectáculo infantil. Ahora veo que fue desde esta experiencia que se introdujeron los primeros extranjerismos—mexicanos a mi vocabulario. Es como la primera vez que uno aprende a caminar, que después que lo intenta varias veces, sin lograrlo, cuando le conoce el truco, ya nunca más deja de hacerlo, hasta llega uno a correr. De una manera algo similar, encontramos los chicos la forma perfecta de irnos a las afueras de la casa del vecino, sin que mamá ni los ellos (los vecinos) se percatasen, y nos deleitábamos del programa. Hasta nos reíamos desde allí—ocultos.

A Chespirito lo conocí cuando vivía en Puerto Rico; hasta el punto que mi hermano y yo nos volvimos adictos. Aquí me nació mi otro extranjerismo, aquél que la Chimoltrufia pronunciaba de vez en cuando: “¡No maaaanchees!”… Sin duda era mi programa favorito de Bolaños. Tenía tanta trama que capturaba los dientes de uno.

A lo mejor mis amigas/conocidas de descendencia mexicana recordarán una de las primeras preguntas que les generé cuando me enteré que eran oriundas de México. Les suelo cuestionar lo siguiente: ¿cuál de los dos crees que terminará siendo el mejor talento mexicano, el de los personajes de Roberto Gómez Bolaños o el de Mario Moreno “Cantinflas”? Y entiendo que siempre les ha costado trabajo dar la respuesta.

El chavo del ocho

En fin, lo que quiero significar es el enorme orgullo que siento por este tal Roberto. Tan inmenso es, que dedicarle unas cuantas palabras siento que lo ofendo. Sin duda colaboró enormemente en el desarrollo de mi niñez, “Sin querer—queriendo” ¡lo habrá de haber logrado! Pero algo sucedió en mí al ver mucho de sus personajes desenvolverse en aquellos programas en que tanto se inspiraba. Fue un hombre ejemplar, dueño de la niñez y de toda su sociedad iberoamericana. Sin duda que su encanto hizo de toda nuestra vida un mejor futuro… Hace un rato, y la razón por la que empiezo a escribir esto; observé un video en que mostraban su despedida en el Estadio Azteca de México. Y al ver a aquellos niños vestidos del Chavo y del Chapulín, me emocionó. Sin embargo, cuando vi a Doña Florinda, su esposa, partida en llanto, no lo pude aguantar y todo en mí se volvió concreto.

¡Adiós! Querido ciudadano del mundo, de verdad que con miles de personas como usted, este mundo fuera otra cosa.  Nunca se irá de nuestras anécdotas.

Fuente (fotos)

Redes Sociales

Comentarios

Comentarios

Tagged on: