«Cruzar su río»

Las aventuras de tres cualesquiera (4)

Por, Luis Alberto Nina

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—Especies, debo decirle algo: yo creo que el día de hoy no está para cruzar este río. Esperemos a mañana, a que disminuya la intensidad de la corriente, o busquemos otro camino —dice Ratón.

—No entiendo nada, Ratón, —comenta Cocodrilo. Si fuiste tú que nos trajiste aquí. Además, sabes muy bien que esa corriente no va a ponerse mejor. Y por último, no existe otro camino, tú mismo lo dijiste esta mañana; el otro al Este, puede que no nos conduzca realmente a ningún lugar. Así es que es por éste es que vamos a avanzar, ¡ya está decidido!

—¡Ahh, pero nos salió pendejo el gato éste! Ya decía yo… —interviene Pato. Veloz, inteligente, pero miedoso, ¡como todo un pendejo! ¡Como si no faltara más! ¡Quién lo diría, que con tanto saber…!—.

—Precisamente es por eso que no quiero cruzar el río, ¡lo admito! Hay una alta probabilidad de que caiga –y que debido a la turbulenta corriente– me ahogue. Es fácil para ti, que sabes nadar y hasta pudieras volar… y también para Cocodrilo, que –aparte de que igualmente sabe nadar–, es fuerte y ninguna corriente lo va a mover. Pero yo… yo saldría arrastrado como un pedazo de hoja y sin regreso, y desde luego que perdería la vida. No he sobrevivido tanto para venir a «guindar los tenis» con un miedo que ya conozco. Ya lo imagino: tú te reirías de mí, Pato, y hasta leyendas me crearías. Además, el miedo que le tengo al agua es mi miedo y no tiene que tener sentido, es un miedo mío, aunque tú no lo entiendas; recuerda que cada quien tiene su propio miedo. Ahora ya el mío todos lo saben, pero el tuyo, Pato, no me hagas hablar; tú tienes tu propio miedo, como todos. ¡No me hagas hablar porque lo hablo! ¡Tú tienes tu miedo! Y tiene que ver con… Sé muy bien lo que te ocurrió…

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Pato mira a Cocodrilo sorprendido, haciéndole un reclamo como de, «¡le contaste!».

—No tuve escapatoria. Ratón me acorraló de una manera que tuve que contarle; no sólo ése le dije, sino otros, le dije muchos secretos tuyos, —responde Cocodrilo, con sus hombros levantados. Al igual que a ti, a quien te he contado secretos de Ratón–.

—No sé de lo que hablan ustedes, —señala Pato.

—Sí sabes. Y tu miedo, Cocodrilo, ¡Miau! Es… —corta Ratón.

—¡No te atrevas! —amenaza Cocodrilo. Yo mismo lo voy a decir…

—¿Y tú también le temes a algo, Cocodrilo? —se burla Pato.

—No a algo, sino a alguien. A algo le tuve miedo hace mucho tiempo, hasta que lo enfrenté y ya no le tengo miedo. Ahora a lo que temo es a alguien. Y por más que lo he intentado, no he podido zafarme de esa entramada…

—¡Yo si me he reído, hoy! —interrumpe Pato.

—Es lo que te digo, Pato, —comenta Ratón. Cada quien se niega a «cruzar su río» y a su manera lo rechaza, cada quien le tiene miedo a algo o a alguien, y a la vez cada quien defiende su historia, su vida. Y es justo. Todo el mundo tiene derecho a defenderse. Es lo único que nos pertenece de manera arraigada. Si no hiciésemos hincapié en esto de modo constante, poca vida viviéramos. ¿Tú sabes qué haré, a ver si te callas y por estar de socarrón? No te daré más respuestas. ¡Miau! No más. Eres un insolente. Tampoco te contaré la historia que hizo reír tanto a Cocodrilo esta mañana, ¡Miau!—.

—Bueno, yo creo que –te guste o no– sí me la vas a tener que contar, porque tarde o temprano seré yo quien te ayudaré a cruzar el río y nadie más. Deja que Cocodrilo te cuente.

—¡Cocodrilo! Quedamos en que eras tú quien me irías a ayudar a cruzar el río en caso de que tuviese que hacerlo. Sabes muy bien que no es a la corriente a la que le tengo miedo, sino al agua. Y si me subo encima de pato, podemos hundirnos ambos; sí, porque si yo caigo, a él lo remolco conmigo. A menos que pierda el miedo que le tiene a volar y escape…

—Déjame adivinar, —corta Cocodrilo: tu miedo al agua es tan grande que, prefieres gastarte en la distancia de un atraso, antes que morir del agua.

—Hasta poeta nos salió Cocodrilo, —manifiesta Pato, con una sonrisa entre el pico. ¡Mira qué lindo le salió todo eso! Hasta que recuerda que Ratón mencionó su miedo, el del temor a volar. ¿Y ustedes como saben eso? —.

—No, yo no lo sabía, —replica Cocodrilo.

—Ni yo tampoco, —secunda Ratón, sonriendo macabramente. Yo supuse al verte las alas tan débiles que tenías mucho sin usarlas. E hice un cálculo de un santiamén.

—¡Descubriste mi miedo! ¿Pero qué es eso de «cálculo»? —Pregunta Pato.

—Sé que tu miedo es otro, Cocodrilo me lo dijo, —responde Ratón. Y sobre qué es «cálculo», te dije que no te iba a dar más respuestas. ¡Quédate con la duda!

—¿Y será que me van a dejar hablar? Déjenme contarles a quien es que le tengo miedo —corta Cocodrilo: una vez, ya hace varios años, unos turistas habían caído al agua del lago en el que vivía, y tratando de salir, pensando que yo era alguna clase de piedra o quizá un tipo de plataforma, se subieron encima de mí. No pude voltearme y de tanto peso en mi espalda quedé algo traumado.

—¡Traumadísimo! —Entra Pato.

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Cocodrilo no encuentra forma cómo entrar de regreso a la conversación y continuar con la historia de su miedo. Pero estos dos no se callan.

—¡Ya! Sigo con lo que les decía: yo no pude sacudirme porque tampoco quise que ellos se ahogaran. Además que si me volteaba, éstos se iban a asustar de tal manera que, hasta podían lastimarme. Bien saben lo pendejo que soy también, pero en mi caso es cuando se trata de humanos. No es que les tema, sino que nunca les haría daño. Quienes me criaron fueron humanos y lo único que hicieron fue alimentarme y jugar conmigo. Con ellos fue que aprendí a hablar y a comportarme un poco. Es por eso que desde esa vez no dejo que nadie se me suba encima ni siquiera para «cruzar su río». No soy eslabón de nadie y menos si dicho arbitrio me quita mi futuro.

—¡Trato hecho, Pato! Desde que llegue al otro lado, si todavía decides llevarme, pero sin una gota de agua en mi cuerpo, ¡Miau!, te diré esa historia, —se rinde Ratón.

—Lo sabía. ¡Ves que tengo mis artimañas, no sólo eres tú el inteligente! Y no te preocupes, este pecho que tengo no permitirá que te caiga encima ni siquiera una gota de agua. Todo lo derribo con mi prestancia. Ahora, no respondo si te ahogan las gotas de tu sudor, —se burla Pato.

—Muy gracioso. ¡Vamos a salir de esto! ¡Y levanta ese ánimo Cocodrilo! —Ordena Ratón. Que te entendemos… Ahora, es a mí que me toca «cruzar mi río» y quitarles de las garras por cubrir mi «Talón de Aquiles». No soporto cuando saben mis defectos, me pueden manipular…

—¡Ya, cállate, Ratón! Vamos a llegar al otro lado, se va a ser de noche en esto. —Culmina Cocodrilo.

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