Cuando me toque a mí llorar

Por, Belkis Belometti

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Mientras corría para la enramada donde estaba su abuelo, Bayron vio que a don Pedro le corrían las lágrimas por toda su grande cara, le corrían como culebra detrás de ratón entre un cacaotal. Le salía de sus ojos una tras otra, así… natural, como sale el canto del gallo al amanecer. Pero esas lágrimas no era un canto al alba que anunciaba un nuevo día. No. Esas lágrimas eran un grito de dolor que se había transformado en agua salada al ver el rostro de Rita tan sereno y quitado de bulla. Algo extraño porque Rita de un tiempo a esta parte todo le hedía. Byron, que lo estaba mirando llorar, sale corriendo para donde el abuelo y le dice:

—Abue’, ven a ver. Ven a ver. A lo que el abuelo le pregunta:

—¿Qué cosa tengo que ver con tanta prisa?

—A don Pedro llorando.

—¿Cómo es eso que don Pedro está llorando? Mira muchacho, no inventes cosas, que un hombre como Pedro no llora.

—Sí abue’, yo ahora mismo lo vi llorando.

— ¿Donde? —Dice el abuelo. Bayron con su dedito índice señala una ventana y le dice ahí estaba llorando y mientras lloraba miraba a Rita que parada en la puerta. Tenía los ojos pegaditos al camino.

— Bayron, ¿cómo es eso de que Rita tenía los ojos pegaditos al camino?

— Abue’. Pegaditos. Así, con ganas. Como los pego yo cuando veo esos manguitos maduros en la mata y por ser chiquitito no los puedo agarrar. Así mismito, pegaditos ella tenía sus ojos en el camino. Entonces toma de la mano al abuelo y lo conduce a donde pueda ver a Rita y le dice — Mira, mira. Ves que don Pedro está llorando y Rita está tranquila. Hoy no le peleó porque él haya entrado con los pies sucio a la casa, ni porque le dejó poco dinero para la comida o porque andan correteando otras gallinas. Hoy que Rita está tranquila, él debería estar contento y míralo como está llorando. Mírala abue’, mira qué linda se ve Rita mirando el camino. El abuelo mira a Byron y le dice: —Ay mi niño amado, un día cuando seas grandes comprenderás que las mujeres como Rita, cuando pegan los ojos al camino como tú –mi chiquito amado lo pegas a un mango maduro– que por tu estatura no puedes alcanzar, es porque hace tiempo que sus ilusiones, amores y esperanzas se fueron por ese camino. Ahí, en la puerta donde tú la vez parada, sólo están sus pies, que de un día a otro $namecaminarán; o por cobardía, se secarán—. Byron –que no ha comprendido ni un pito de lo que el abuelo le había dicho sobre que la esperanza, amores e ilusiones que se fueron por el camino– se pone a silbar a su perra Duque, la cual al escuchar el silbido, corre a su lado. El abuelo agarra un poco de maíz y comienza a regárselos a las gallinas. Byron, despega sus ojitos color miel de Rita y mete su manita en el pequeño bolsillo de su corto pantalón. —Abue’, tengo una sola menta Verde y me gustaría dársela a don Pedro porque llora y si la chupa se endulza un poco la vida y deja de llorar. Pero también me gustaría dársela a Rita, Es que hoy ella se ve tan bonita y tranquila, y verla así me hace feliz—. El abuelo lo mira, posa una de sus grandes manos sobre la cabecita del chiquito, comienza a rascársela, a enredar sus dedos entre los cabellitos color barba de maíz tostado; ni suave ni duro. Algo así como el concón medio mojadito. Y le dice: — Chupa esa menta tú, que el llanto de don Pedro no se curará con ella, y la serenidad de Rita ya ella sabe donde está. Bayron abrió su menta, con sus dientitos de ratón, la parte en dos. Ofrece una crica al abuelo, y mientras entraba la otra parte a su boca, le dice: —¿Tú crees que don Pedro y Rita vuelvan a pelear? — .

 —No, ya ella no peleará más.

—Y don Pedro, usted crea que dejara de llorar.

— Si, de todo uno se cansa. Él dejará de llorar y luego comenzará a extrañar los pleitos hasta que un día no sé acordará más de este día; donde Rita pegó sus ojos al camino, y comenzará a ver el camino como Rita lo ve hoy—. Los dos siguieron caminando de la mano hasta que algo se le cae a Bayron. Se deshace de la mano del abuelo, se inclina a tomar lo que se le había caído del pantalón. El abuelo que ve qué cosa recoge le dice:

—¿Y cuántas mentas era que tú tenías muchachito? —. Bayron, un poco sonrojado le dice:

— Dos. Pero una sola para dar

— ¿Cómo que una sola para dar?

— Si, abue’. Tú sabes que la abuela siempre dice que uno tiene que guardar algo dulce para cuando le toque llorar, y si yo se la daba a Rita o a don Pedro, sólo me quedaba con la de endulzarme cuando me toque a mí, a ti, o a uno de los que yo quiero. El abuelo le sonrió y al unísono comenzaron a silbar los dos.

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