Cuando no hay luz

Por, Luis Alberto Nina

Me gusta la vida cuando a uno le gusta alguien y entonces no hay luz.

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Reconozco que este secreto no debería excitarlo, pero por el arte, ¡qué cuesta una aventura más!

Sé muy bien que cuando la luz se pierde entre medio de miradas, de una madeja de coquetería, de un sentir que ha durado cerca desde infinitos turnos, cualquier cosa puede suceder, cualquier y hasta con cualquiera…

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Por, ejemplo, me gusta la vida cuando no tiene luz. Lo admito. Es como si las cerraduras de los aposentos cayesen abiertas en ese mismo recóndito atrevimiento que se entremete por las ganas del oficio; como si –desde que se apaga todo– se va el entorno y sólo quedan dos, una ella cualquiera y él. Y cuando sólo hay dos, cualquier cosa es propia que suceda. Y es casi automático esto porque las penumbras están atestadas de un salvajismo inocuo y estremecedor, que se concatenan con cualquier señuelo, que enlazan los cimientos de un deseo inacabado, impostergable… Entonces se hace de todo…

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Ya luego, al llegar la luz, nadie recuerda nada. Les digo: la luz apagada sirve para cebar el morbo, para sobrellevar la edad; y entre un silencio de esos, aterrador, vacío y contagioso, sólo resta el roce de dos tercos y el misterio. Y esa trama, esa urdimbre que cose toda una novela de imprudencia, lascivia y secretismo, arde entre sus pobres matices rebozadas de algo puramente imperfecto…

A mí me gusta que se quite la luz, así de repente, que presente las almas de dos, al desnudo, sin siquiera una pizca de queja, sin tener que decir, cómo. Así, dos, dejados al aire, rozando la piel y sus esquinas, sin regreso… Solo si regresa, paramos.

Fuente (fotos)

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