El sello de la identidad: dibujar

Por, Luis Alberto Nina


mi escritores Yo, al igual que muchos escritores, apasionados de la expresión, del mero arte que destapa la esencia de lo humano y le hace pedazos la sien en el meollo de un silencio repentino, hemos tenido muchas historias qué contar, como cuando hicimos aquella cosa que aún no le queremos decir a nadie, que cada vez más nos parte en dos y a la vez, de una forma impresionante del vivir, nos hace más fuerte, nos compromete; como cuando íbamos a dejarlo todo para intentarlo todo, y de repente tuvimos una de esas epifanías que se entremeten en la osadía, y sucedió todo al revés; como la primera vez que nos enamoramos, la segunda, la tercera, no sé ya por cuántas van; la primera vez que dijimos “te amo, yo sin ti no sé ya cómo vivir” y todo siguió igual, y todo volvía a empezar; la vez que aceptamos que vivíamos solo en el mundo, que nadie nos comprendería jamás, que éste era más lindo y soñador, que la vida era fugaz y gritar iba a ser ya una necesidad; como la vez que dijimos por primera vez, en voz alta, “escribir es mi verdadera pasión, después de las mujeres, el vino y el tiempo”… Quiero decir        que todas esas historias tienen un sentimiento real para nosotros, y sé que más tarde que temprano –cuando se nos venga encima el ímpetu de creernos superiores– se dirán, si no se han dicho ya; y que después que se abra ese hueco, nada volverá a ser igual de profundo. Es como si quedáramos al descubierto, sería mostrar el origen de todo lo que estamos hechos…

Quisiera pensar que yo, como muchos de ellos: Facundo, Whitman, Cortázar, Poe, Wilde, Lorca, Proust, Dario, Bukowski y desde luego que Sabina, pero sin esteroides en mi caso, teníamos algo en común, y no iba a ser poner en un papel las cosas que se nos ocurrirían y las que no sabíamos ni por dónde todo iba a empezar, sino que, era más larga la distancia, más ruidosa, pero con ciertos rasgos similares. Todos íbamos a tener en mente que, para cambiar el mundo, aunque fuera de gota a gota, teníamos que empezar a alejarnos de él. Y nada de malo iba a tener ser tan diferente que, nuestra diferencia fuese un estorbo para la indiferencia. Segundo, había que entender lo que se era, lo que se es –y ya conociéndonos– habría entonces que sellar esa identidad. Luego a prepararse para la misión:

—Agarras un lápiz y dibujas el mundo en que deseas vivir—. Eran los mandatos de los dioses del arte—. Y para ellos, no tenía que tener sentido ni su voz debía ser realmente entendida. Sólo había que sentir y creer en que, un dibujo, por más simple que aparentase, hasta mal pintado, podía mostrar el camino de la libertad.

Quiero pensar que para muchos de los poetas que hice mención en este escrito, todos—mis favoritos; ésta iba a ser la herramienta primordial para conquistarse uno mismo. Y no iba a ser la magia de mover la muñeca y plasmar cosas que a veces ni uno mismo entiende, sino hacerle caso a los dictados del corazón. Pero para eso, sin dudas habría que mover la muñeca. Ésta era la tarea a aprender, según la historia, según la valentía. Ya después de doblar tantas esquinas, de intentar nadar, de caerse en el lodo, de saltar; del recorrido en general, se aprende a sentir lo que es vivir, a vivir lo que existe y a soñar con las cosas que se quieren. El dibujo iba a ser ese principio que nos marcaría por completo. Claro que, a todos nos daría por unir letras e intentar no hacer nada de sentido; iba a ser el arte expresándose a través de unas garras cualesquiera, llenas de sudor, pavor, delicadeza e historias qué contar. Y cuando estuvieran a punto de agotarse todas, entonces íbamos a hacernos más libres, hasta que ya no tuviese la niñez y su infancia más nada que recobrar.mundoQuizás, para muchos, escribir es sólo una manera de decir cosas específicas, y que éstas terminen creando una reacción ante el lector que las percibe. No sabría decir cuál es la verdad de todo esto, y especular tampoco quisiera. Hoy entiendo que tanto, corregir lo que se pinta, se convierte en una mera intromisión de la libertad de la palabra. Cada uno debe crear sus propias oraciones, aún se salgan del margen, o sus colores no sean diáfanos, o se usen letras… Lo que sí puedo decir, es la razón del porqué escribo. Y lo hago porque siento. Soy un adicto del escribir disparates; regueros de palabras unidas supuestamente con un sentido que veo, que mayormente sólo yo veo, y que casi nunca logro transmitir. Por mi sien intranquila navegan tantas cosas que decir, y las llevo al salto, sin miedo, y las dejo ahí, no para que nadie las leas, sino para que el mundo entienda la supuesta magia que cargan, y aprenda de ellas. Quizás suene hasta megalomanía el pretender decirle al mundo el cómo debe empezar a actuar, si éste lleva sus días existiendo. Pero como dice el famoso adagio (lo voy a parafrasear): “aunque sea uno, en el lugar que me ‘tocó’, pretendo hacer la diferencia”. Y lo que sucede es que, no a todos nos “toca”. Y todo esto hay que sentirlo. No hay otra forma…

Tengo una inmensa amistad con una persona que, aunque poco estamos juntos ya, ella supo enseñarme de qué estaba hecho el sello de su identidad. Me dijo, mi hermana se encierra en su casa, sólo a leer. Ella dice que está decepcionada de las sociedades del mundo. Que, y me voy a extender en esto: éstas (las sociedades) no han hecho más que hacerle creer cosas que no tienen sentido, que ella sí intentó y que lo volvió a hacer tantas veces, y que ningunos ni nadie se pone de nuestra parte, que todo es una farsa para matarnos pedazo a pedazo, para dejarnos agotados en la orilla de un camino que ni siquiera nunca intentamos recorrer. Todo esto último no lo dice ella, mi emoción tomó su mando. Era inevitable… La entiendo. Y la entenderé siempre. Si se pudiera formalizar una agrupación de aquellos que estuvimos en esa contienda, yo sería el primero en sus filas. Hay que luchar contra todos, hasta aparentar un paciente de la psiquiatría, si es necesario, pero luchar. Las batallas de estas sociedades son innumerables y su fin nunca tendrá realmente un empiezo. Hay que luchar por lo que se dibuja.

Para los poetas del alma, como son todos aquellos que la osadía me provocó mencionar, todos, algunos más que otros, tuvieron algo en común, aparte de su muerte y su voraz y similar talento, para mí: su compasión por la humanidad, sus aventuras fuera de lo moral, su justa dimensión al reaccionar, sus escondites; sus formas distintas de gritar, de mencionar todo aquello que no se mueve, que intranquiliza lo diferente; todos aquellos que no lo intentan todo para volar. Algunos más que otros: Bukowski, arriesgado y maldito; Poe, funesto y existente; Cortázar, osado y fantástico; Dario, simplemente Dario, mágico; Facundo, nuestro Facundo, un verdadero artista del vivir, sabio; Whitman, talentoso, fuerza, amor, incomparable; Lorca, Wilde y Proust: diferentes, arriesgados. Y Sabina, bueno Sabina…

Cierro con una pequeña aventura, luego le coloco un video exquisito de Sabina, que me inspiró a escribir todas estas cosas diferentes. Yo escribo porque de esta forma me siento libre. Y cuando soy libre, siento que existo. Y existir en total libertad, para mí, simboliza la gran parte del vivir. El resto que me queda, lo uso para empujar. Yo empujo y empujo; algunos se quedan y aguantan, otros se voltean y eligen su camino; otros simplemente se dejan caer. Si algo tienen las sociedades de este mundo, es que hay que ponerlas a dibujar. El misterio existe en el dibujo, ¡inspírate!

Joaquín Sabina habla del cómo empuja

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