El halago, Immanuel

Por, Luis Alberto Nina

Immanuel se logra sostener parado encima de la cama por aproximadamente 2 minutos hasta ahora, luego lánguidamente y asustadizo suele desplomarse sin control. Siempre que persiste en su odisea, yo lo miro a los ojos y luego a sus pies, a sus piernas, a sus pies y cuando subo nuevamente a sus ojos, él está allí, mirando a su padre con una sonrisa tan peculiar que sería casi imposible hasta para mí el describirla. Procuraré tomarle una fotografía e incluirla en este escrito…

Esta sonrisa viene comprimida de aquel grito del silencio; el que sin decir absolutamente nada, expresa con tales contorsiones sobre lo que está hecha la pólvora, el azufre mojado con sabor a purpura, o el esmalte de piña con pintas transparentes y carmesíes. Y yo, para empinar su autoestima, aunque quizá me pase un poco… sólo un poco… le reviento lo siguiente:

Wow! Immanuel, tu ingenio se mide al exponente, eres supremo en tus intentos, sin ti el mundo se quiebra; deberías ser el presidente del mundo, el Papa; debería existir un premio en tu nombre, así como el Nobel, el Cervantes o una medalla monárquica o lo que sea. Es más, tú deberías reemplazar al Pachá cuando éste finalmente se jarte de hacer el ridículo…

Y cuando  vuelvo a la normalidad, miro a él, el individuo aún sigue sonriéndose… ¡qué ingenua es la aventura! Te amo Mi Pequeño Talismán, pero la vida es más que engrandecimientos… Ve anotándolo desde ahora, nada de que «eres el mejor o algún príncipe»; ninguna de esas ínfulas, de esas pendejadas… usted es y espero que sea un simple ser humano, uno que por la elección de su rumbo conquistará lo que se proponga. Sin embargo, nada de menospreciar al otro, de hacer alarde por el aplauso ni de restarle valor al que está encima de usted. La piel se encuentra adonde su esfuerzo lo sitúe y ni un gesto más ni menos.

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