El silencio de la piel

Por, Luis Alberto Nina

Quiero apretarte… de verdad que quiero apretarte, sacudirte con la imaginación y hacerte sentirme a chorros… hacer que vivas de las expresiones y dos o tres cantos de humedad… Y quiero más, quiero amarrarte de las muñecas y jugar a las escondidas con el pétalo de tu voz. Deseo algo como eso; radical… ¡Créeme que deseo tanto de ti! Me intriga tu silencio… me intrigan las curvas de un vuelo que siempre queda… Y siento que sentir no es suficiente, que hay que decirlo: me inquietan las plantas de tus pies y todas las arrugas del saber de tu sien. ¡Qué aventureros surgen los encantos de las torpes ocurrencias que esperan y aprecian la edad del desdén! Me caes bien. Me caen bien tus nalgas y toda su admiración; tus ojos… la mirada de tus ojos rellenados de aliento, osadía y calma, mucha calma. Me inspira tu piel y sus extensiones. Me seduce tu clavícula y esos suntuosos pómulos que vigilan el precipicio de unas órdenes cualesquiera… Contigo y sin ti no sé si reír o contar cuando te presiento, a veces, cuando adivino que todo de ti se dirige a mí, que estás sola para mí, por mí y dispuesta y ya no… que el tiempo empiece desde la intimidad de un surtido de pareceres… y entonces me incorporo; la impaciencia agota sus lapsos y todo es lo que ves, sólo lo que está latiendo burbujas de la mudez. Y es que todo esto que ahora sientes, que hago que sientas, es fruto de la salida del susto y del gusto apasionado de nuestra libertad…

Me gusta que te agrade y no lo admitas… días que merman entre ellos y de las noches gime que a alguien atrevido le prende bastante tu espalda, también. Llena de curvas y del mismo sudor, resistente y temblorosa; tu espalda te carga… tu espalda, donde yace el asombro… me encanta ella y cada rincón de sus esquinas y con cada emoción. Como por ejemplo: me alegra la cintura de tus movimientos, cómo bailas con los días; de sentirte de forma corrida y de abajo – arriba… Me muerde la soledad de tu cuello y sus misterios y más… me atrae todo de ti, me atraes; hasta las cosas que no sé, pero que imagino que tienes y concedes a veces, me atraen… pero de todo me gusta más el silencio, me gustas; su furia, su escalinata a la lujuria. Y me gustan la aurora de sus colores y el dibujo de diez sonrisas disímiles que la ocasión entorpece. Sonríes y el resplandor siempre vuelve a empezar, es la mejor forma en que amas, haciendo que dance tu rostro cuando la excitación no tiene espacio donde esconderse más, mi botón amarillo… Me gusta tu silencio, ansío recalcarlo hasta que quede surtido de intentos; opaco y desenfrenado, sutil, alto, febril y abismado…


Y me gusta que no sepas de mí siquiera. Esto me encanta; que te atrevas siempre a descifrarme, a querer sentirnos entre el suceso del ocaso, de cierto devaneo inigualable y recurrente. Me gusta que te ocultes, que me ofendas, que me mires cuando no estoy, que te burles de mis cosas y que tampoco te vayas nunca… que acaricies los momentos que se caen, y que enciendas la irá de quien más quiera y desee de ti. Todo eso me gusta de ti, hasta tu silencio… Me gusta más… Me gusta quedarme mirándote, imaginándolo todo contigo, recreando escenarios hipotéticos donde te pegas de mí y ya no sé qué responderle a la vida más que dejarme llevar por la osadía de un recado que ama al ejemplo. Y dejo de ser fuerte, y la esperanza de tenerte recae, la seducción es muy real y te siento… La soledad entonces debilita el horario y de todo se levanta el murmullo… y nuevamente empieza la historia a experimentar, a tenerte de cerca y a alejarse; a describirte… no quiere dejar nada fuera… tu cuerpo que cede, tus maneras obedecen al deseo de tus cosas más íntimas, y ya no resta más nada que suspirar del gesto que lleva clavado el rosa de tus labios… Y la mudez esta vez calla y gime a la distancia, aplauden tu pelo, tu voz, y dos cuerpos calientes se evaporan entre la claridad de un encuentro superlativo. Tus manos juntas a las mías, tu piel corrida, azarada, sobresaltada; ¡me gusta tu silencio! No hay sitio que mires donde no esté algo poblado de mí, no hay volumen suelto que quiera desperdiciar más que la pólvora de tu aliento, pero no sus cenizas; y el universo de las decisiones de tu libertad… Tus labios no dejan de acariciar mi soltura… ¿qué hago con el roce, con todo este afán por sostenerte y querer someterte a la luz de la piel de un estallido socavado y astuto? ¡Debo dejar de escribir porque estoy que reviento de impotencia! No sé y no quiero robarme una mente apropiada de roces de miedo. ¡Debo dejar de imaginar que te toco!

 

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