Escribir es una manera

Por, Luis Alberto Nina

Escritor

No digas que vas a escribir la obra más grande de este mundo, ni siquiera digas que vas a escribir algo, a escribir… Sólo hazlo. Empieza a expresar lo que tienes al extremo y continúa rebuscando las alas de sus interioridades. Pero nunca dejes de hacerlo, nunca dejes de escribir. Para lograr esto, sólo tiene que seguir varios pasos. Te explico:

Agarras un lápiz o cualquier otro artefacto que quieras involucrar en el delito; algo dónde apuntar, obviamente, y busca un espacio sencillo. La música ayuda mucho, en especial la que dice poco, siente mucho y suave. Hay unas «aceleradas» que en lo personal, desesperan; que sólo quiere uno llegar a sus fines. Y no es así que se crean episodios. Debes relajarte, así el ímpetu mantiene su enfoque… Empiezas esparciendo una primera oración. Para muchos, esta «primera» es la más compleja de toda la aventura. Se cree que ella debe decir todo lo que «aún no sabes». O mejor dicho, decir lo que «no debes saber» qué vas a escribir. Lo sé. No sólo es algo chistoso, sino que hasta confuso. No sabes cómo vas a desarrollar lo que intentas y menos cómo va a terminar o como otros –que no saben ni de qué van a hablar o si va a surgir–; ¿entonces, cómo crees que te va a llegar la magia de algo semejante? Lo que no descarto es que al final, así como se le sabe colocar el título a una oda, se pudiera crear –en una oración– el resumen completo de lo expresado… Aunque siendo todavía más realista, los pasos que se dan en la construcción de un escrito, capturan cierta magia natural que, es díficil que se concluya sin haberla iniciado…

Escritora AntipoetaColocas esa primera oración. La lees algunas veces, si te parece. Hay muchos a quienes no nos gusta leer lo que escribimos al momento de la soltura, sino que nos lanzamos, y ya al final, o quizás al centro, retomamos el control del vuelo. Mientras otros, puede que sí… Algo de chiste tiene el arte, y es que su flujo debe poseerte. Si él no existe, probablemente lo que estás ideando carezca de intensidad, magnitud o sensibilidad. Y este principio, al menos para mí, es imprescindible en una obra…

Ya debes tener al menos tres oraciones en el pliegue de tu disposición. Ahora, a multiplicarlas. De modo que, cuando vengas a darte cuenta, ya tendrás al menos un párrafo completado. Crear un párrafo en literatura es desarrollar los elementos de una idea. O sea, es haber empezado. Nunca se está mal cuando al menos se empieza. Lo que es prohibido para un ente que escribe es nunca emprender, nunca intentarlo. O, de igual modo, buscar una razón del porqué no se anima y defender la tragedia, y todavía peor, hacerlo solamente de manera verbal. No puede un escritor gastarse el rato que le presta la vida, en éstas. Existe una forma ideal para que surjan las ideas, para que exista el interés y para concluir. Hay quienes de seguro tienen sus versiones en todo esto. La mía, la que procuro decir siempre a quienes se acercan más de la cuenta, es que para escribir es necesario una sola maña: escribir. Pudiera parecernos un cliché, un verso poético o hasta una manera de mofarse de alguien, de algo. Pero no es así. Escribir es la base de todo real escritor. El escritor que no escribe, le falta el respeto a su supuesta denominación. «No hay peor ciego que el que…» ve y no actúa. Quien alude que escribe y no se planta a hacerlo, no escribe en sí. Es cierto que el lápiz o cualquier otro artefacto –con que se adivina la magia– siempre serán necesarios. Mas, si hacemos un paralelismo de la idea, éstos serian el tronco del árbol. Y, aunque pudiese aparentar una esencialidad, a la vez, un árbol sin lugar no existe; su lugar es el ímpetu, el deseo de tener algo qué decir y querer decirlo, intentarlo. O mejor dicho, que es mi segunda emoción: un árbol situado detrás de una estación debe –de igual manera– haber echado sus raíces. Duplico la idea: un escrito, bien o mal inspirado, si es propio y queda concluido, en principio siempre va a lograr leves cometidos… Nada que esté erguido anda perseguido a la suerte. O sea, la postura de un árbol es sin lugar a dudas, un proyecto. Las construcciones teóricas de todo escrito son una elaboración fehaciente, primero que todo, del haberse concluido. Nada que uno no empieza, debería terminar en las manos de uno. Y si resultase así, esto constituiría una deslealtad al arte, al oficio.

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Por consiguiente, un árbol, muy bien tiene sus ramas. Éstas en sí son las ideas de dicha inspiración. Hay ramas más extendidas y angostas que otras, más torcidas y peligrosas… y obviamente ya los frutos serian consecuencia del arte.

Escribir es dejar ir lo que se encuentra al borde. Hay quienes agarramos el tronco y le buscamos sitio. Y llega el árbol a sacar sus extremidades, a despertar… no es que seamos mejores o peores, o que por dicho recado debamos ser catalogados como escritores. No creo eso. Hablo de que, a muchos nos encanta lucir escritores. Y para lograrlo, siempre escribimos. Escribimos lo que sea. Por ejemplo, se puede uno mudar a otro lugar y también… y escribir de esto. También se puede escribir de algo que está a punto de suceder y no surge. Es una manera encantadora de invocar al misterio. Ya después hablo de esto.

De seguro para ahora ya has de tener tres o cuatro párrafos ideados. ¿Qué te falta? Tienes dos opciones, naturalmente: seguir o cerrar. Si cierras, acabas. Y si sigues, te liberas más en muchos casos. Esta es una parte biológica de cada quien. Por lo tanto, es cada quien que debe sentirlo; el sentir, al menos lo que me ocurre a mí, es el desgaste de la idea, para bien; puede que exista más, pero redundaría. O puede que ya al escribir por mucho tiempo, hayas dejado de llorar o de sonreír… Hay algo que debo aclarar de las emociones, el arte y el escribir: para que el arte tenga sus misiones conquistadas, es necesario que se viertan en donde se posibiliten más de ellas. No sólo es sonriendo que se escribe lindo; se hace también llorando. Y mejor queda todo cuando se logran involucrar varios sucesos. Es decir, cuando se deja uno seducir por la ira, el deseo, el deber, la sensibilidad, el amor, el reproche, el odio, etc,, se llega a un balance del mismo. En contraste a cuando sólo se abarca una gota de éstas, el escrito agarra sólo una esquina. Y las cosas con sabor a un solo lado, saben a eso, a poco, no a todo. Y queremos que llegue a todo, a todos. Eso es lo que pretendemos; que la emoción sea tan grande que, le quite el ego al arrogante, que contrate al miserable y levante al tímido; queremos que empuje al de las alas escondidas, que lastime al fuerte y que enamore a la virgen. Un escrito que logra todo esto, es un árbol que da muchos frutos, frutos de colores y sabores distintos.

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De igual modo, continuar escribiendo es continuar expandiendo ramas. Y para que éstas se queden y no se desprendan, son necesarias varias estrategias. Sólo mencionaré una para ahorrarme los datos: emplear figuras retóricas. Éstas pueden servir como columpio o como soporte; encontrarse con ellas, profundizar, usar más de una  y asegurarse de emplearlas bien. Esto puede ganarte la venta de los frutos. Otra sería, y esta vez sí no voy a seguir: escribir apasionadamente. La pasión enaltece la atención, seduce el deseo y mantiene a todos a la expectativa. O sea, ésta da mucho de qué comer…

En conclusión, si deseas cerrar, hazlo dando un resumen breve, varios puntos fuertes de lo mencionado ya, y trae a colación cierta moraleja, si te parece o es pertienente. Siempre son buenas las moralejas cuando se trata de este mundo.

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