Estado de uno

Por, Luis Alberto Nina

Si cada persona que llega a la vida de uno escribe un pedazo de nuestra historia, de manera imprudente, alejándonos así de las oportunidades de elegir nuestros pasos, entonces, ¿qué sentido tiene seguir viviendo? ¿No es o debe ser la vida un orden decisivo puramente nuestro? O sea, es a nosotros a quienes nos toca disponer, pragmáticamente, si nos va bien o nos irá mal en la vida. Y claro, es obvio que no planeamos para equivocarnos, pero cuando llega el fracaso al menos valoramos que fue disposición nuestra y no la de otros. ¡No creo que haya satisfacción más placentera, entre las del ego, que equivocarse por uno mismo! Uno es uno y su vida. Y en el contexto de este escrito: uno es quien decide, dependiendo siempre del tiempo en que está.

Tengo una amiga que una vez me aconsejó que, cuando fuese a tener hijos, debía tenerlos todos juntos; y que como eran dos que deseaba, que los tuviera en menos de dos años entre sí. Recuerdo muy bien aquella conversación; aunque entendía su punto de vista, sentía, como le hice saber, que mi estado no veía a mi persona siguiendo los pasos de su dictamen. Le recalqué: «No es que estés en lo incorrecto, yo imagino lo que dices y me parece exacto; pero yo hoy, en el estado en que estoy, a esta edad y entre todas estas condiciones, no veo razonable tu propuesta. Esto es solo para mí, para otros puede que sí. Y nada de esto aduce en lo absoluto que no vaya a cambiar de opinión en cinco años o hasta mañana mismo, si mis otras circunstancias se alteran. Es solo que hoy, con lo poco que sé o entiendo de la vida; la parte económica, psicológica y física, no estoy apto para encarnar tu recomendación.» No sé si logró apreciar mi perorata, pero la expresé de todos modos.

Los estados de uno son esos pequeños o casi permanentes círculos subjetivos en que se aprecia la vida como es y está –pero solamente para uno y desde dicha perspectiva–. Y ni son buenos o malos, ni equivocados, más sí son como deben presentarse, autóctonos; destellos y oscuridades suertudas que, arremeten y siguen pasos propios sin ninguna queja real. Reconozco que todas las decisiones, mirándolas desde un renglón semántico -no sólo nos pertenecen-, sino que siempre son actuadas por uno. Ahora, ¿qué tanta influencia directa contienen esas decisiones? Y éste es el gran mal; el hecho que otros decidan por nosotros…

En definitiva, nunca hagas todo lo que otros te exigen, hay quienes pretenden obligarte a que actúes como ellos lo harían; y si haces eso, dejarás de decidir, de ser tú y por ende, de aventurarte a la vida, cual esencia es la prioridad de todo esto de la existencia. ¡No se vive nunca si hay otro u otros decidiendo por ti!

Hoy creo como dijo aquella vez mi amiga, sin embargo… Heráclito afirmaba que todo cambia y nada permanece: «nadie se baña dos veces en el mismo río.» Dando a entender que, e intentando hacer un paralelismo del tema, el tiempo influye en las decisiones, y nunca el tiempo de ayer es el mismo de hoy. Y aunque hoy pienso como mi amiga, y no ayer, en ambos escenarios no he fallado… lo cierto es que, nunca está mal quien decide por sí, puesto que todo se le puede achacar a una de dos vertientes: una que se bifurca en el tiempo en que se está, y la otra en que –tanto tus éxitos como tus fracasos– los decides tú, nadie más. Si Sócrates dejó tan pocos escritos se debió a que el Sabio entendía que la verdad y la vida, lo estoy parafraseando, debía ser conquistada por cada quien; así como el Objetivismo de Ayn Rand, que nadie debe inmiscuirse en el Norte del otro, más sí del suyo.

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