El fisiquito

Por, Luis Alberto Nina

Uno trata mayormente de explicarle tanto el contenido como la función de todo a lo que le pone las manos; no con la necesidad de desprenderle la intención por la búsqueda del experimento, sino para darle algo, un ápice nada más, de información, y que así arribe de modo más raudo a sus propias conclusiones de la física de este mundo. Esta vez por fin le dije una verdad sobre una disyuntiva que asumo que él estaba en proceso de entender. Le dije que existen dos tipos de materia: las que se comen y las que no. No me atreví a hablarle de las mónadas de Leibniz; si confunde a los adultos, mucho más a él. Le dije lo que podía ser una molécula, que muchas de éstas conformaban una materia; y sobre el átomo, cuando lo mencioné, él con su boca abierta mirándome los ojos creo que no logró visualizarlo del todo, pero lo informé de todos modos. Realmente no sé qué es capaz de asimilar y qué no; sin embargo no dejo de exponerlo a temas que conozco y creo oportunos, aunque se los dé solo en las meriendas. Muchos átomos conforman una molécula y por ende una materia, le dije. Uno los pega muy pegaditos y se logra esto. Y, debido a que son la partícula más pequeña del universo  tampoco se pueden dividir. Es de aquí que empieza todo y va escalando hasta llegar a una materia. Los átomos tienen un núcleo, uno o varios electrones y… ¡Tampoco es que quiero enredar al infante! En fin, Immanuel, empecemos por aquí: todo lo que no tenga sabor, no se come, y todo lo que sea difícil de despegar probablemente tampoco se come, como esas medias que tienes en la boca, sentencié. Esta vez me miró y sonrió.

Luego, mientras intentaba educarle con las vocales, la libreta en donde las había escrito, entramos en otro experimento con un látigo que ésta tenía, de esos que traen para prevenir que no se abra. Pronuncié el color de la misma, era marrón; entonces el nombre y el color del mismo, látigo marrón. Él lo ignoró, pero tomé que con una leve práctica de lo que podía hacer el mismo con el solo hecho de estirarlo y dejarlo chocar con la libreta iba a generar su inmediato interés. Y así fue. El curioso se invirtió y nuevamente sonrió. Esta vez me miró. Lo invité a que jugara con él, asumí que no era ningún peligro en vista de que, hasta los golpes formarían parte del experimento. Jugó por varios minutos. Concluí diciéndole que ese látigo era similar al que se usa para amarrar la verdad cuando está algo indecisa. Me miró con descontento. Se burló. Asumo que habrá dicho: de esto debe tratarse lo que tanto se me advirtió de este hombre, cuando estaba en el vientre de mamá.

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