Immanuel

Por, Luis Alberto Nina

¡Poner melodía y repetir!

Escenario: Tu madre te trae al mundo.
Y como si nada, en las alturas se extendió tu piel y reconocí la duda; previsto, como tu padre, el llanto a la luz, decidido a ver de qué se trataría todo este nuevo horizonte. Yacido en la rutina, alertado e impaciente, tu piel descalza y caprichosa, en tu mirada una gota de queja…

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Recuerdo que quise grabar tu imagen; exasperada de perplejidad, lánguida y alargada, teñida de tu vientre… corté lo que quedaba de tu madre, ¡qué ramal y el enigma! ¡Qué emoción! Te miré de arriba abajo, descifrando cada dedo, cada pelo, cada toque… Lleve la imagen a tu madre y ella, acongojada, te vio formidable… Sonrío en ese instante. Luego las ellas te llevaron a ella, te miró con admiración, mucha admiración. ¡No te imaginas la inmensidad de toda su emoción! Y le puso rostro a tus patadas. Uno que sin duda jamás olvidará; la brillantez de tu mirada era indescriptible… fotos, sonrisas, el algarabío de los de blancos preparándola… Te ofrecieron a mis brazos, negué, insistieron, y sostenerte allí ha sido quizás el cándido recuerdo más natural que toda mi vida ha experimentado; sostener tu esperanza entre mis garras, mirarte de la forma que lo hice, no arrepentirme de nada, sonreír… ¿Te estaré haciendo daño con mi inquietud, con las dudas? ¿Qué debo hacer? Dime tú, tampoco quiero estorbar…

Y adentro de aquella caja pequeña, caminamos en dirección al lugar donde irías a pasar unos cuantos días. Los días, bebé, son pedazos de tiempo, eternos, que la vida le ofrece al mortal de manera latente. Hay a quienes sólo les da algunos, a otros les da suficiente para existir. Como a ti, bebé; las ellas dijeron que estás sanito hasta ahora, que todo va estupendo y me hablaron de tu brío…

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Encima del camino erro, contiguo a mi estatuilla animada, procurando a una de tus abuelas. La llamo, viene, sonriendo–grita: si puede verlo. Sí, ése es él. Sí, varón. La informo de tu lugar, sonríe nuevamente y las lágrimas están de moda, ¡te lo advertí, Bebeshito! La contentura es exquisita, dueña de este tipo de temporadas. Tu abuela, bebé, a ella la verás por mucho tiempo. Abuela es como tu madre. Si, ella, tu madre, la que viste hace un rato que se sonrojó. Esa misma, la voz que reconociste cuando te dijo, “Hola, hijo, te conozco físicamente ya, porque a tu corazón lo he llevado latiendo desde tu primera apostura…” Y abuela es como lo será tu madre cuando tú tenga un hijo, alguien igual a ti. Luego te explico de eso, en otros años; años es muchos días, muchísimos días juntos. Y esta abuela es madre mía, de tu padre… Y sobre tu padre, porque poco he hablado de mí: necesito mirarte a los ojos, necesitamos conversar en tu idioma. Vamos a darle un rato a ver cómo se enlaza todo este entramado romántico.

El camino largo fue, pero llegamos. Nos lavamos las manos todos los presentes y ya estabas ubicado en tu esquina de varios días. Estaba lleno de preguntas, bebe; las ellas no dejaban de responder a todas mis inquietudes. Pesas 4 libras y 12 onzas, lo veo yo en el peso. Tu tamaño, te ves gigante para los 17.75 pulgadas. ¿Y cómo está hasta ahora de salud? Todo va bien, responde una de las ellas. Pero claro, necesitamos hacerle muchos exámenes todavía, culmina. La sangre de entre la planta de tu pie derecho, me habían advertido que ibas a llorar; le ordené que lo haga ya, que eres esencial: primero nos toca llorar en esta vida, luego, a intentar reír el resto de ella. Lloraste, sí, difícil extraer sangre de ti; tu pecho lleno de botones que median tu ritmo cardiaco; la temperatura va bien, un poco bajo de azúcar, pero eso se resolvería en par de horas.

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Entonces te volteas y me miras, yo me inclino y te miro más, me presento: soy yo, tu padre, quien te engendró. Tu madre fue aquella belleza que te sostuvo cerquita de su rostro. Quizá yo no era lo que esperabas, aunque no podemos negar que mi elegancia será positiva para tu historia. Te prometo que a las de 18 que traigas a casa serán siempre tuyas… Nos mirábamos fijos; me miras los ojos, la nariz, la frente, me miras adentro de los ojos nuevamente. Intentas descifrar el porqué te extrajeron de aquel habitad donde hacías lo que querías, donde podías escuchar otro corazón. Y sí, era de mami ese corazón, tu madre, la que –después que te llevemos a casa, luego te explico lo que es una casa– no te dejará solo nunca, nunca, nunca…

¡Repetir melodía!

En nuestro conversatorio ocular, me intimidaste, no lo puedo ocultar. Tu padre es muy sensible y cualquiera le bromea el ánimo. Después de ese encuentro, anduve preocupado con la idea de si conocernos te agradó, si fui lo que esperabas, si seré lo que anhelarás. Pero sólo puedo decirte que –aunque te amo ya– no debo hacerlo hasta que nos aprendamos a entender, hasta que nos conozcamos mucho mejor. Y aunque nunca he creído en el amor a primera vista, sí en el de Segunda vista, siento que te amo ya; aunque sigo teniendo la disposición de encantarte con el pasar de los días. Quedarás tan agradado que tu piel suplicará que te lleve a conocer las llanuras de nuestro palacete. Y sé que te gustará. Te diré que tendrás una alcoba sólo para ti. Una alcoba es un lugar, así como en el vientre de tu madre, de donde acabas de salir. Y el vientre es ese lugar donde hacías lo que te daba la gana, donde pateabas sin que nadie te llamara la atención; en ese mundo sin leyes. Ya luego te explico lo qué son las leyes… en ese mundo sin leyes, donde tú eras el rey… ¡Bebé, debes dejarme decirte todas estas cosas, aunque no las entiendas, te prometo que más temprano de lo que te imaginas podrás preguntarme más directo y acariciar todas las dudas que tengas…! en ese mundo de dónde vienes, la alcoba es algo similar, pero más holgado y colorido. Tu madre tiene planes contigo que si te cuento hasta te asustas, pero no te preocupes, te gustará todo. Eso te lo puedo prometer. ¡Ahh, se me olvidaba decirte que puede que no te haga muchas promesas en la vida porque soy de los que cree que –cuando se trate de ti– no tendré que prometer nada! Seré tan transparente que, desconocerás lo que es la mentira, el engañó. Pero no tampoco tengas del ignorar, también te ensañaré el significado de todo esto. Todo a su tiempo…

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En fin, siento que debo enamorarte desde la raíz, no dudes que eso sucederá así. Sé que será la única promesa que te haga, porque cuando veas que la cumpla, nunca dudarás de mí. Es tu padre el que te canta, quien te leyó tanto; recuerda aquellos cuentos del “Ratón, el cocodrilo y el pato”, ése era yo, Bebeshito, ¡tu padre! Y seré yo quien te estará leyendo de sociología, psicología, política e historia. Sé que puede que sea un poco aburrido en el instante, pero sé que de un momento a otro le agarrarás el hilo. Y también te leeré, los días feriados, claro, de temas del espacio, antropología y de historietas de cuentos de hadas y esas cosas. En adición, seré yo el que te coloque, en la pared al frente de ti, al lado de una pintura de Rembrandt, todas esas fórmulas de trigonometría, derivados, integrales y diferenciaciones. Y el que te coloque esa música de jazz, de piano y de Beethoven. ¡No te preocupes, tu ambiente será igual o mejor que el de tu vientre! Te digo esto porque mami también va a estar siempre muy cerquita de ti, dándote calor…

Es lo primero que se me ocurre, presentarme, Bebeshito. Aunque debo confesarte que después que escribí todo esto, el martes en la noche, fui a verte y, había olvidado el celular en la alcoba de tu madre, en el hospital; ya sabes lo que es “alcoba”. Lo del hospital, te lo diré después… e iba el camino pensando que, a lo mejor estás latent y querré capturarte para mostrarle a tu madre el atrevimiento, y sabes qué: ocurrió. Llegué y luego de rozarte la espalda, descubrí que estaban tus ojos despiertos. Y me volviste a mirar, Bebeshito. Esta vez era para mí. Supiste quien era. Y aunque no sonreíste –como ansiosamente esperaba– hiciste más que eso, me aceptaste. En tu mirada me gané tu alma y sus alas. Estabas vestido de candidez y disposición. Me hiciste sentir parte de ti. ¡Se me salió una lágrima, Bebeshito! ¡Sentí que me querías ya, que me aceptabas, que me brindabas tu nacimiento, que me pedías que te ayudara a ser, a inventar, a equivocarte, a saltar y a volar! Bebeshito, cuando regresé adonde tu madre, mi esposa, tan sonriente yo; ella supo que, tú y yo… que usted y yo finalmente empezamos a caminar…

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¡Repetir melodía nuevamente!

Dice la leyenda que, en los tiempos de antes cuando los bebés nacían no tenían realmente forma alguna, que la misma se la daba aquellos que lo rodeaban; es decir, aquellos bebés eran una especie de mutantes, de camaleones, si se quiere; de “espejo selectivo” que se adapta y la piel adquiere el rostro de la persona que más está en su presencia… es por eso que te pareces tanto a mí ya, porque estratégicamente te miraba a los ojos a cada vez…

Ahh, se me olvidó decirte que, yo a veces invento mucho. Y si tiene que ver con leyendas, soy un guapo. Sé que cuando uno menciona la palabrita “leyenda”, la gente le pone vasta atención a lo que sigue luego. Ya tú pronto te enterarás que en este mundo todo es: Ritmo y psicología, y el ritmo es sólo para llevar la psicología…

Y Bebeshito, debes saber que yo tampoco me voy a ir de tu lado, tengo un camino que quiero que emules, pero con más ética, integridad, sensibilidad y justicia, un camino atestado de entendimiento y enfoque; si lo haces así, tus pasos tendrán mucho más sentido. Esto lo sé.

¡Te amo bebe, mi Bebeshito, mi pequeño Immanuel!

Tu padre

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