La incertidumbre de entonces…

Por, Luis Alberto Nina

Las berdaderas vatayas, así, mal escrito, se conquistan enfrentándose. Es decir, yo a veces despierto, desorientado de las emociones e indispuesto a seguir… Quisiera creer que tengo valentía para agarrar mi bolígrafo, la Silla, dos anteojos que uso; uno transparente, para ver mejor el horizonte y el otro, algo teñido de mercancía y vergüenza, para ocultarme… echarme al hombro cuatro gotas de silencio, la botella añejada de Whiskey situada detrás de los anaqueles de la sala y un par de zapatos que compré desde que tuve edad de sentir… y que puedo dejar caer el trinquete y sacudirme sin el más mínimo gesto de prisa. Y entonces… errar y existir… para mi existir es mucho más que estar vivo, es perpetuarse, es la libertad del deseo, querer…

Cortázar, en Rayuela, habla de lo conforme que somos con lo poco que tenemos, que cuando amigos, amantes y familiares se entienden bien entre ellos, dice él, eso no es estar en armonía, “… ¡Engaño puro, espejo para alondras! A veces siento que entre dos que se rompen la cara a trompadas hay mucho más entendimiento que entre los que están ahí mirando desde afuera…” ¿Lindo, verdad? Para mí, es fácil concatenar estos párrafos: sacudirse no es más que cargar con el equipaje de lo emocionante, hasta si es verde el camino, regado de flores apenas dormidas…

Nunca el misterio es aislado, ni tiene un solo dueño; ¡es que cada quien tampoco sabe adonde va! Lo que todos tienen en común es un equipaje; algunos, mayormente vacios de dudas y con varios deseos, otros, atestados del suspiro de una melodía inagotable, del pulso latente y mojado que provoca… de una escaramuza inseparable que sólo Alguien calma, solo Alguien. Puede uno estar indispuesto a seguir, o pude que no y finalmente actúe. De algo estoy seguro, aparte de que sé que no seremos para siempre; los libros ahorita aparecen quemados o algún aventurero decide lanzarlos al precipicio del mar… y es que las quejas sólo le pertenecen a la costumbre de una cobardía.

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