La moral de una salvaje

Por, Luis Alberto Nina

—Las mujeres son acróbatas —me dice una amiga; detrás de la puerta de un aposento son capaces de todo: se lanzan desde encima de la orilla de la cama, de un armario, hasta desde algún engache escalado en la pared… Las mujeres con tal de hacer bien su trabajo, de que les hagan el trabajo como e’, están dispuestas a dejar cualquier tabú o supuesto acto de inmoralidad allí mismo, a la contrapuerta de dicho escondite—. Es lo único que tomaría para que estas ellas o Ella se vuelvan unas malditas, un buen escondite. Porque si no están dentro de alguna forma de escape, nada va a pasar. Nada… —Hay que mantener la elocuencia de que todavía somos damas, que no entendemos las suciedades de que ustedes tanto aclaman —me replica la villana.

Mujer en mueble

Yo siempre he tenido esto bien claro: a la mujer hay que saberle llegar, no es ni con cualquiera ni a cualquiera, es quien se la gane. Y no vasta el vestido o los nombres de alimentos raros, ni la forma en que se exija o si la baba de la voz de La espera es suficiente. No. Las ellas tienen que entender lo que dices, es cierto; pero más, tienen que ser complacidas con lo que ofreces; pero todavía más y finalmente, tienen que creer fielmente que, después del llanto no viene la burla. Ninguna mujer escapa si cree que va a quedar en el aire, o mejor aún, si siente que no vas a ser el caballero que, cuando caiga el aguacero, en vez de ponerle el pañuelo en su próxima pisada, le pongas la chaqueta en el rostro…

Uno puede ir a «La Duarte con Paris», un sitio de la República Dominicana, muy recurrido nocturnamente por prostitutas, al menos así creo que era considerado hace un tiempo. No sé ahora. De ese mismo lugar fue que el cantante español, Braulio, recreó aquella hermosa canción «Duarte con París», (ver video)… y acercársele a una de esas «mujeres de la vida alegre» y decirles que quieres tener sexo con ellas, y el insulto que vas a recibir será tan alarmante que probablemente termines en la cárcel. O sea, ni siquiera a las mismas prostitutas lles gusta que las tilden de putas…

Puta

¿Qué es una puta?

Obviamente sabemos que la prostituta es la «puta» que lo que sea que hace, lo hace por dinero, material o algo eminentemente «conveniente» (aunque la realidad es que todos actuamos por conveniencia, sea extrínseca o intrínseca). De modo que, puta, definida de modo un poco ambiguo, por la RAE y otros diccionarios, se aduce a que es un concepto peyorativo, que Puttus/Putus, latín que denota niño, etc.., aunque entiendo que quizá deba darle un toque más coloquial. Para mí, es una mujer que vive una vida sexual muy inmoral. Tampoco debo decir que es una mujer a la que le gusta mucho el sexo, porque a todas las mujeres, podría asegurar, siempre y cuando no hayan tenido ningún trauma o lo hayan practicado al revés (no me pregunten), les encanta tener relaciones sexuales. Donde el adjetivo crea sus alas es cuando esa persona está con más de un hombre o dos o tres, depende quien sea el árbitro de esta «polilema». Muchas mujeres dirán, «¿pero si los hombres lo hacen (con las mujeres), por qué nosotras no podemos hacer lo mismo?» Y bueno, de eso se trata esta socialización. Hasta ayer, moralmente, no les era permitido a las mujeres ser tan abiertas sexualmente como a los hombres, que siempre ha sido el género dominante. No quiero hacer juicio de valor sobre esto, y menos teniendo en cuenta una definición tan exacta al respecto. Es más, la voy a decir: a la mujer se le debe tolerar todo lo que al hombre se le tolera. Somos entes totalmente iguales, con obvias características genitales y hormonales, distintas. Y ya. El resto, debe ser completamente igual. Sin embargo, reconozco que aún no estamos en ese estadio, pero que con el enredo de esta era del conocimiento y la lucha de las feministas, vamos conducidos en esa dirección. Con esto no abogo por la inmoralidad en su totalidad, sino por la amoralidad.

Putas

Decirle «puta» a una mujer, aún ésta «lo sea» es insultarla. Es cierto que a nadie le gusta que lo etiqueten, lo es. En lo que estoy de acuerdo. Mi punto aquí es que, la mujer sigue y seguirá siendo «una dama en la calle y una ‘puta’ en la cama»; o más bien, una dama para el que ingenuamente se le ocurre, y una «puta en el calabozo, en el aposento, detrás de la cerradura de unas puertas cualesquiera».

Los hombres tenemos la culpa

Siempre he concluido que los hombres tenemos la culpa en todo esto. La mujer siente, siente como sienten los hombres, hasta puede que más o menos, pero sienten. ¿Y qué hacen ellas con ese sentir? Tragárselo, apagarlo… No existe barbarie más funesta que, ver a una mujer excitada y luego irse a su casa, sola, porque no puede hacer lo otro… Para ella, poder es «deber», o sea, «no debe» hacerlo. Si lo hace, pierde su reputación, o se le endilga una negativa. Y cuidan esto bastante las mujeres. Es quizá el tipo de manipulación a lo que las feministas se refieren cuando se habla sobre la estigmatización que tiene la mujer, sólo por ser mujer, como se involucra la moral sólo en los actos de ellas y no de los hombres. Quiere la mujer irse con el hombre, esconderse detrás de la cerradura, convertirse en una diabla; deseo eso como se desea que caigan las hojas en un otoño de esos, lúcido y frío, callado y distante. Pero hay algo que tumba al viento, que alarga el desenlace. Así le sucede a la mujer, pero no esa vez, sino siempre. Ésta, para irse con él, para explayar sus ganas, para dárselo/a, tiene que tener sumo control de que no existan replicas vociferas de lo que ocurrirá. Si tiene ella garantía de que nadie más lo va a saber, en esencia, de que no va a perder su reputación, de que todo lo magníficamente construido se va a almacenar detrás de esas paredes «antigemidos» y suciedades, ella da el paso. No obstante, como la garantía de esta «inmoralidad» no se tatúa, ella no cede del todo. Ceder es aventurarse a un posible desastre, es el gusto por la derrota, es tener deseos o ser una demente… Y digo que los hombres tenemos la culpa de esto por los habladores que hemos sido a través de toda esta historia moderna. A veces ni llegamos a estar con una ella y ya se lo estamos diciendo a los amigos. Y lo hacemos de manera vulgar. Exageramos, despreciamos, arruinamos. Y al fin del gustazo, termina ella arrinconada en el horizonte, sin nada que la cubra, con mucho viento, mucho, mostrándole las páginas de su vida a todo el mundo. ¡Y ya! Ahí se fueron las Marías, ahí perdieron ellas. Un gusto a medias… Si los hombres fuésemos más reservados, si tan sólo muriéramos cuando fuéramos a abrir la boca, las mujeres fuesen más liberales y triunfáramos todos. En lo que a mí se respecta, para salvaguardar mi reputación, no soy hombre de ésas; digo, no lo fui nunca. De igual modo, ninguno de los amigos que conozco lo son. Es más, no conozco hombre que hable mal de la mujer estando o sin estar (si no digo esto me excluyen del Código de hombre)…

Putas en jaula

En resumen, la mujer no se aventura más a estas cosas mundanas, concupiscentes, inmorales, si cabe el concepto, porque es entonces tildada de puta. Y no es algo que ella quiera realmente dar a entender. Pero de que detrás de cuatro paredes o tres, a veces hasta con tres murallas sale uno premiado de igual modo, es lo necesario para que ella sea libre; y en su libertad es capaz de todo, hasta de fantasear o hacer acrobacias, como dice mi amiga; de ser completamente una fiera. Lo que está demás confirmar, que a los hombres esto les parece simplemente miembro de la exquisitez libidinosa.

Amor en la oscuridad

Cuando no hay luz

Me gusta la vida cuando a uno le gusta alguien y entonces no hay luz. Este secreto no debería decirlo, pero por el arte, ¡qué cuesta una aventura más! Cuando la luz se pierde en el medio de miradas, de coquetería, de un sentir que ha vivido ahí desde hace tiempo, cualquier cosa puede suceder. Me gusta la vida cuando no tiene luz. Es como si las cerraduras del aposento cayesen abiertas allí mismo, como si –desde que se apaga todo– se va el entorno y sólo quedan dos, ella y él. Y cuando sólo hay dos, cualquier cosa es propia que suceda. Y es casi automático esto porque las penumbras están atestadas de un salvajismo inocuo, estremecedor, que concatenan con cualquier atrevimiento, que enlazan la construcción de un deseo inacabado, impostergable… Entonces se hace de todo y al llegar la luz, nadie recuerda nada. Les digo, la luz apagada sirve para alimentar el morbo, para sobrellevar la edad, y entre un silencio de esos, aterrador, vacío y contagioso, sólo resta el roce de dos cuerpos en misterio. Y esa trama, esa urdimbre que cose toda una novela de imprudencia, lascivia y secretismo…

—¡Caballeros es que son! ¡Es que los hombres no dicen nada! Son mudos cuando se trata de hablar de una mujer, —concluyó ella.

Dama

Las mujeres son respetadas

Las mujeres se deben respetar a como dé lugar. Vivimos en las circunstancias existentes y no cambian de la noche a la mañana. Aún la mujer seguirá siendo estigmatizada, y como tal, tiene derecho a proteger su imagen, sea propio o no el hecho. De modo que, para aminorar ese trabalenguas, las ellas han optado por aventurarse menos. Ahora, esto no aduce a la fórmula aquella de que, entre cuatros paredes o hasta tres, éstas son capaces de todo, hasta de infundir miedo, hasta de despertar sensaciones vertiginosas, repletas de silencio y recuerdos. Sólo tienes que, andar con tu candado en la mano y darle la llave. El resto, de un salto lo conocerás.

Próximo artículo, «Los besos se roban…»

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