La gravedad, Immanuel

Por, Luis Alberto Nina

Hace exactamente dos día que una amiga me cuestionó sobre cuál era el reto, la acción, el intento, lo que sea… que más me ha sorprendido, animado o hecho reaccionar en torno a mi hijo, a mi único hijo, Immanuel, en todo el tiempo que llevo de ser padre. Y fue tan rápida y detallada la réplica que mi amiga hasta se asombró. Inquirió si ya tenía la respuesta lista. Y no sé si la gran mayor parte del mundo actúa como algunos de nosotros o como yo tiendo a mirar esto de la vida, pero hay a quienes –cuando estamos a solas y hasta entre la trapisonda de la muchedumbre–, entre el preámbulo de antes de la experiencia formal, le surge el análisis del tema y arriba a conclusiones muy particulares. O sea, mucho antes de salir a la calle ya hemos encontrado una inclinación en cada tema. Séase ésta sumamente hipotética o cualquier cosa, pero de modo formal organizamos la respuesta para cuando reviente la charla o el momento de… Por ejemplo, si me preguntasen ahora mismo: ¿cuál es tu parecer sobre Capital punishment (Pena capital)? Mi respuesta siempre ha sido que todavía no defino una opinión que me convenza. Sí he analizado bastante el tema, pero no logro decidirme. Y eso es en este caso, habrán otros temas relacionados con especies todavía más complejas a los que les respondo de modo más ágil y aparentemente exacto. Por ejemplo, yo no tengo el conocimiento siquiera para abordar tu pregunta. Disculpa la ignorancia. Porque no sé… Pero hay otros, los últimos, digamos, los de la pregunta me generó mi amiga; y ya ponderada, la respuesta fue la siguiente:

Lo que más me ha tocado es «la física» de los niños, en el caso de Immanuel Nina… Incluso ideé un escrito al respecto hace unos dos meses que exhorto a que se lea, si les parece. Lo que a mí más me ha sorprendido, recalco, fue llegar a la conclusión definitiva de lo que más importa o que más trabajo me iría a dar entre la relación de él y de mí, fuera del amor, obvio; iba a ser que mi hijo y yo llegásemos a entender y/o enseñar, cada uno a su manera, algunos fenómenos de la física en este planeta: la energía, el impulso, el balance, las materias y sus funciones, la temperatura, la elasticidad, el momento, la viscosidad, el agua, el tiempo, la distancia, el sonido, el hecho que yo apareciera detrás de una pantalla de aquel artefacto al que tanto le impido que toque, mi voz en una grabadora, qué es y de lo que es capaz el fuego, la luz que ilumina la oscuridad y de repente se va, la multitud y otros niños cuando hacen cosas que él aún no puede, el movimiento veloz que genera la lengua al hablar; y por ultimo en este listado, pero no en la vida de él, la gravedad.

Anécdota de Immanuel relacionada con la gravedad

A Immanuel le tengo una pizarra en la que le escribo las vocales, los números del uno al diez, su nombre, «mamá» y «papá», y algunas ecuaciones algebraicas, fórmulas trigonométricas y cosas en esa envergadura (he decidido educar a mi hijo sin parámetros de ninguna índole; es libre en todos los sentidos y sus alcances no serán sobre cosas banales)… Y bueno, en la parte horizontal de esa pizarra coloqué una tiza, la cual –al inclinar la pizarra– la misma se desplazaba de un extremo al otro. Y en ésas me la pasé por más o menos un minuto. El infante miraba la acción que la tiza provocaba por la gravedad y repetidamente miraba a su papá a los ojos, asombrado. Hizo esto como tres o cuatro veces y no aguantó; levantó sus brazos buscando auxilio, y dicho ademán vino envuelto entre uno de los tres llantos más funestos que he experimentado de él, al punto que tuve que remover la tiza de encima de la pizarra, ofrecérsela para que viese que la misma no era anormal, digamos; que no tenía vida, que era más bien un objeto inanimado y que se corría debido a la gravedad mientras su padre inclinaba la pizarra. Y sin lugar a dudas, no entendió esta parte de la física que intenté explicarle. Espero que pronto lo haga. Estos fenómenos –no sólo a él les intrigan–, igual a mí, que he tenido que revivir toda este pedazo de vida desde su infancia. Siempre supe que las cosas que iría a aprender con la llegada de un hijo iban a tener un matiz sumamente impresionante. Toda esta hambre que poseo por el saber… ¡la emoción me mata lentamente!

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