Las aventuras de tres cualesquiera

Por, Luis Alberto Nina

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Al menos una vez a la semana, mientras dormitaba en su vientre, le solía predicar una historia que había recogido desde mis entrañas con el fin de que empezara a conocer a su padre… La historia o el cuento se trataba de tres personajes que orbitaban entre medio de un bosque en busca de un lugar que todavía no había llegado a crear. Entre estos charlatanes, existía: Cocodrilo, que era obviamente un cocodrilo y quien dominaba la tripulación, era el que ponía orden y a quien más respeto de los tres se le tenía. Cocodrilo hablaba español y, a pesar de su charla lenta y tener poca agilidad física, tenía la ventaja de que era de tierra y de agua. Estaba Pato, desde luego que un pato que, su única misión era fuñir y expresarse en un idioma que nadie lo entendía. Cuando se pronunciaba, siempre me llegaba a la mente el Pato Donald de Disney, y más cuando estaba molesto… Pato todo lo cuestionaba, y entre Cocodrilo y el tercer personaje, la trama se extendía y mi pequeño bebe, Immanuel, ya daba muchas patadas. El último espectáculo lo brindaba Ratón, quien biológicamente era un ratón, pero que, se expresaba como un gato. Según Cocodrilo, quien fue que lo rescató… Ratón vivía entre gatos, se hacía pasar por uno de ellos. Dijo que una vez le contó que, los gatos habían acabado con todos los ratones de la residencia Martínez, y que, en su último intento –por llevar la especie a extinción–, varios de los gatos se mostraron deseosos por la sorpresa de que todavía podía quedar uno.

—¿Quién anda ahí? —preguntó uno de los dos gatos que había asistido al portón de la guarida de Ratón.

—Aquí no anda nadie, ¿por qué la pregunta? —muy desinteresadamente murmuró Ratón; asustado y dispuesto a rezar su última plegaria.

—Ohh, suenas como un gato, sin ánimo. Pensamos que podías haber sido un ratón.

—¡Miau, miau, miau!

—Pasa buen resto del día. Si ves a uno de esos, no olvides terminarlo. Aunque nosotros ya acabamos con el último hace dos días. Pero nunca sabe uno si aparece otro…

—¡Miau, está bien!

Continua Cocodrilo que, así fue que Ratón logró salirse con la suya, aprovechó esta confusión para sobrevivir. Y desde entonces, no sabe expresarse de otra forma que, en maullidos, aunque a veces suelta –con bastante miedo– una que otras palabras en español que dan por entender lo que en sí quiere decir. Muy suspicaz siempre dijo Cocodrilo que era Ratón, así de pequeño e inofensivo como luce. Su inteligencia no era normal.

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La trama del cuento surge a través de un largo camino en que Cocodrilo, quien encabeza, seguido por Pato, quien no deja de inquirir cosas, y Ratón, quien no se cansa de hacer chistes y de pelearse con Pato. Lo cierto es que, la paciencia de Cocodrilo llega al extremo tal que, para evadir estas provocaciones y para que se callen ambos, al igual que para lograr cruzar un río que les tomó un tiempito interpretar, estuvo dispuesto a sentarse con ambos y remediar estas diferencias. El caso fue que eso duró poco, ya cruzado el río, los mismos conflictos volvieron a surgir y Cocodrilo se vio en la obligación de darle un ultimato a ambos, de: si no se organizan, van a andar el bosque solos, cada uno por su propia cuenta.

El chiste de todo este cuento, aparte de sentir las patadas de Mi Pequeña Estatuilla era, más que todo, intentar convencer a Cocodrilo que, no sólo en las buenas los amigos se deben tener cerca, que también en las malas era necesario no abandonar a quienes tanto necesitaban de uno; y que para eso, era esencial la tolerancia, el respeto de cada personalidad, las diferencias físicas, naturales y la casualidad. Cocodrilo, como va la historia, ha aprendido a adaptarse a todos estos vericuetos, sin antes hacer varias de las suyas…

El cuento veré si lo recupero, día a día… Lo bonito de esto y el porqué intento hacer un reencuentro de toda esta historia, hoy, es debido a que, por alguna razón sé que, cada vez que le menciono a Ratón y hago varios de sus ademanes verbales, de esas onomatopeyas que tanto lo caracterizaron o lo caracterizan, lo mismo con Pato, el bebe –cuando le tengo la mano cerca– me sostiene de un dedo y me lo aprieta de manera muy disímil. Debe ser porque reconoce a los personajes de sus sueños, y creo que quiere saber adónde terminaron, considero que al menos le debo esa Aventura…

Leer capítulo próximo: Las dudas de Pato

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