Las calles hablan

Por, Luis Alberto Nina

 

conde

Lo que glorifica a los pueblos es algo muy sencillo;

es su gente…

también es su idioma, sus costumbres y sus calles.

Sólo hay que ir a sus calles

y darse un baño de la historia desde esa exclusividad;

inmiscuirse entre su cultura…

O, ir a sus callejones

y entre medio de esa entramada épica de tres salidas misteriosas

sopesar cómo entre sus curvas levita la esperanza…

Yo creo que sí:

las calles arrastran la verdad de los pueblos.

De trajes coloridos, risueños

—¡Buenos días! —Saluda un buhonero

quien al azar pinta la suerte con cada respiro,

policías torturados por el hambre y el desprecio

arrastrados por el sol y una orden

un anciano marchante que oferta naranjas a diez

y que las fía si es necesario…

—¡Hoy puede que llueva! —Comenta un florista

sentado debajo de un árbol.

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Una señora que barre el lomo de su lado y dos

que observan con risas y desdén,

un chico que limpia las mesas y camino abajo

rueda el sacerdote cargado por su triunfo

y ostentando el olor de la víspera.

El feriante que empuja sus quinielas y se quita.

—¡Buenas tardes! —Es la calma

de una chica universitaria

que entusiasmada entra al ventorrillo, a ver si da…

La radio en el hombro: la carrera de caballos.

Un niño que deja caer el bagazo,

que brinca al medio de la calle detrás de una pelota sin aire…

Dos aventureros que lo intentan

entrelazados de las manos, procurando un escondite…

Yo creo que sí:

las calles arrastran la verdad de los pueblos.

Y el nuestro no es la excepción.

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El jolgorio del tambor, seis turistas

las bocinas que avivan la trapisonda

el sainete de la muchedumbre cuando caen dos gotas.

Entonces recobra la luz el semblante y dos voces

estrechan sus manos y esperan.

Un símbolo que sigue mirándonos…

Un limpiabotas agotado canta su lado de la historia…

Y pronto quedan las calles desoladas de llanto y espacio.

Dos cachuchas de un partido, capicúa y otro trago más

el ultimo baile, una motocicleta feroz

el caminar de las mujeres, y de repente el tormento de un adiós…

Dos faros intensos que se acercan y no se detienen…

Eso creo:

las calles arrastran la verdad de los pueblos.

Y el nuestro no es la excepción.

Fuente (fotos)

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