Las dudas de Pato

Las aventuras de tres cualesquieras (2)

Por Luis Alberto Nina

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—No se calla, —dice Cocodrilo. Pregunta más de la cuenta. Ve tú a ver si puedes con él, porque yo ya no. Ya se me fue la intención de querer complacerlo tanto.

—Recuerda que somos como el agua y el aceite, no ligamos ni si nos comprometemos. Pero iré a buscarlo, como me pides. No podemos dejarlo abandonado allí, —replica Ratón.

Para Ratón cualquier distancia era más corta que para los otros dos. Era a quien se usaba para ir a las cimas de las montañas y atisbara en qué dirección se vestía mejor el horizonte. Y cuando les entraba la necesidad de comida, era a quien mandaban a los lugares más siniestros donde se paseaban las presas que irían a cazar para el alimento de la noche. Todos acordaron que durante la mañana, iban a caminar solamente; en la tarde, a buscar comida y un lugar adónde quedarse; y en la noche, a cocinar, comer y a descansar. Y como tal, era hora de que Ratón dijese dónde era que se encontraba el alimento de la noche; pero antes, debía ir a buscar a Pato. Ratón, por su diminuto tamaño siempre fue un personaje muy astuto entre la tripulación, sino que, al igual que Pato con los cuestionamientos, sus chistes habían llegado a un extremo agobiante para los otros dos. Cocodrilo dijo una vez que, entre Pato y Ratón no se sabía cuál de los dos lo iba a sacar más raudo de quicio.

—Cocodrilo dijo que avances, no podemos perder más tiempo; que dejes ya de querer saber el origen de toda la naturaleza del bosque, que lo tienes inquieto de tener que responder a todo lo que inquieres… También necesitamos llegar a un lugar plano para descansar. Esta va a ser una noche muy fría y todavía falta ir a buscar lo que vamos a comer. Si no vienes rápido con nosotros, los Otros te van a capturar, ya sabes que es a esta hora que van de regreso para sus casas y nos pueden encontrar; y si ocurre, harán añicos a tus hermosas curvas —dictamina Ratón, con una leve sonrisa en las mejillas al finalizar su episodio. Vuelve y sonríe y hace un ademán con sus cejas, aduciendo algo como que: hasta él también va a comer sobra de la carne de Pato si es capturado. Pero Pato, sin mediar una palabra, esta vez agranda sus pasos y –junto a Ratón– regresan adonde Cocodrilo.

—¿Por qué tiene Ratón que ser más ágil que nosotros, si yo soy más elegante que él?

—Por eso mismo, —responde Cocodrilo, porque tú eres el más gallardo y él es el más veloz de nosotros. Y yo soy quizá el más fuerte. La naturaleza le da a cada quien lo que merece.

—¿Pero cómo sabe la naturaleza lo que merece cada quien, si nunca supo de nosotros antes de nacer?

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—¡Ay… Pato! —Susurra Cocodrilo, (mientras mira en dirección a Ratón, como juzgándolo: ¿para qué lo trajiste de vuelta? Sé que te dije, pero es que no se calla…). Lo que pasa es que la naturaleza, como es la que sabe cómo todo esto empezó, igualmente sabe cómo es que se va a terminar. Y por eso le da a cada quien el papel que entiende que debe actuar en toda esta obra teatral que es la vida. De igual modo, te da una opción para alterar la historia de tus ansias: si quieres ser más rápido, más que Ratón, ponte a practicar la velocidad y verás que –cuando quieres algo a fondo– ésta (la naturaleza) lo siente, lo ve, y hace todo lo que está en sus manos, para dártelo. Sólo tienes que intentar mejorar tu velocidad y notarás cómo cada vez lo eres más, al punto de que, un amanecer de estos quizá seas más veloz que el chiquitín con el que ahora te comparas. Sólo ruégale a la vida que Ratón no quiera tener mejor figura que tú, porque después que el rápido seas tú, el distinguido, el garbo, puede que sea él. Y no quisiera ver que entonces prefieras regresar a tu gallardía —concluyó Cocodrilo.

—¿Pero por qué la naturaleza no me permitiría ser ambos?

—Porque te permitió ser elegante. No lo puedes ser todo. Habrá cosas en las que serás bueno y en otras no tanto. Es la ley de todo esto, como en física, que hasta ahora uno no puede estar en dos lugares al mismo tiempo. Así es el papel que te toca; cuando actúas rápido, se derrumba tu galanura.

—A menos que sea como yo, veloz e inteligente, —bromea Ratón (haciendo unos movimientos de agilidad que, si Cocodrilo no lo detiene con su cola, casi se choca con un árbol que se había colocado en frente de su atrevimiento).

—Ya, está bueno de interrogantes y de chistes. Hay que buscar qué es lo que vamos a comer y en dónde es que vamos a pasar la noche, sentenció Cocodrilo. Ándale, Ratón, muéstranos tu vivacidad.

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