Los Jueves de la semana

Por, Luis Alberto Nina

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Desde ese día en que una persona decide quedarse, cerrar la puerta de la parte de atrás, es desde ese mismo día en que los pasillos de un salón impostergable se hacen perennes y se pierde uno y a uno mismo en aquel subterfugio de la dejadez. La magia entonces se evapora, los sueños caducan y todo arranca en retroceso. Hay decisiones del sentir que cuando están a punto de prevalecer, hay que dejarlas suceder; y que luego busquen sus fallas, la historia, si el rencor tienta; o que el destino aplauda… Pero quien se quita, pierde, siempre pierde; quien baja la cabeza extraña el horizonte. Y un horizonte cuando disminuye su tómbola, siempre es escaso, nunca se recobra. Al menos no como antes…

Y así le ocurrió a uno de mis dos Jueves, así –con ese mismo lamento– compenetró en el trasfondo de la semana y se hizo un torbellino de zigzag y pura rotación. Porque cuando la opinión de otro vale más que la de uno, es un encuentro fehaciente de que no se ha vivido en serio, y ¿para qué entonces seguir? Pero el mundo tampoco acaba en una década y en tres todavía no se ha empezado. Y menos cuando hay un día de la semana que siempre es latente, que empuja y se queda. Sólo hay que aprovechar las molestias, sólo hay que quererse un poco más. Total…

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¿Qué ocurre cuando es uno el que se ha rendido, cuando ya se ha dejado de querer a quién se es?

El amor propio es fundamental para sobresaltar las cuatro mareas y su bruma coronada, si no existe el afecto a la temporada, ¿para qué seguir? —recalco.

Nadie que quiere deja de querer porque se le obligue, ni porque exista el mar, ni por simple distancia. Pensar lo contrario no es amarse uno mismo. Y si uno mismo no se ama, uno se rinde, uno lastima el horario, uno le cuelga una pintura a la puerta…

Es cierto que, como dice Sartre, «Cada palabra tiene consecuencias; pero cada silencio, también»

 Fuente (fotos)

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