Mi Mensa

Por, Luis Alberto Nina

Mi mensa

Hoy se encuentra de fiesta de cumpleaños una personita a quien quiero como se quieren los pedazos de piedra que caen del cielo lo días más salados y solitarios de una temporada cualquiera. Uno se arriesga en dirección de ellas; primero deja que caigan, no vaya a hacer que se desvíen y le caigan a uno en la cabeza y se la pelen… Entonces al chocar con el suelo, corre uno a ellas con más agilidad; ¡debe hacerlo rápido! Recordemos que todos quieren tener una de esas piedras en la mano para adentrársela al bolsillo más débil y dejarla allí para toda la vida. Claro que la idea detrás de todo esto es mostrársela a todo aquel a quien se quiere impresionar: “Mira, ésta es mi mejor amiga. Si supieras lo valiosa que es, me sirve para hacer de todo, hasta para sonreír. Es más, me sirve como amuleto de la suerte, de ser fuerte y de resistir”… Y con esa piedra se envenena uno la vida, le hace cosquilla en todas las ganas y se inspira… Así igual es mi mejor amiga, como un amuleto de vida y para toda la vida; uno de esos pegotes a los que no hay forma que quiera uno quitársele del lado, de atrás, hasta del frente cuando ella se pone terca y no quiere decir absolutamente nada más que arrepentirse. Sí, eso es; aunque mi mejor amiga ya casi no se arrepiente…

Hoy te encuentras tú de cumpleaños (ayer, ya) y me hace la vida de alegría, ya mi atuendo alberga mi amuleto, ya tengo mi esperanza, ya tengo aquella burbuja que me alivia la existencia cuando me pongo medio ogro, necio, a punto de mandarlo todo para el lado aquel… Hoy te encuentras de cumpleaños y la vida nos aplaude a todos. Todos los que hemos tenido la mera oportunidad de conocer algo de ti, lo que sea; algo… nos sentimos muy a gusto por quien eres, lo que has venido a lograr en la vida de nosotros… y en tu misma vida; todo aquello que has tenido que atravesar, solita, resiliente y latente. Y eso define todo lo que eres. Aunque aparente poco, sabes que es bastante… Eres una tajada de púrpura, que brilla y hace brillar a otros; que existe para hacer cosas positivas con los otros, aparte de hacer que uno se meta en esa deuda… porque dime tú, ¿para qué tenía yo que comprarme un toro? Te había dicho que eso no me sirve en New Jersey, que no vivía en España. Yo no tengo ni dónde dormir, mucho menos voy a tener dónde poner ese animal. Yo creo que me recomendaste esa compra para hacerme gastar el dinero que tenía previsto para quedarme acostado en mi cama. Yo creo que esa fue tu modalidad: “Luis, cómprate un toro; te puede servir para muchas cosas… luego te las digo, pero cómprate un toro”. Y como yo soy de esos que escucha, y más a ti, hice todo lo que tu voz me aconsejó; me compré el toro ése. El dinero tuve que completarlo con algo de la venta de rastros de mi cabellera. La gente está dispuesta a comprar lo que sea, no sé para qué quería mi cabellera… Yo en lo personal no me meto mucho en lo que la gente hace con cosas que quiere, siempre y cuando –a simple vista– no se interpongan con mis cosas… Bueno, la gente me dio mucho dinero. Hasta me sobró. Puede que agarre parte de ese dinero y te lo envíe a ti; no sé qué decirte, no sé qué hacer con él. En parte siento que tuviste mucho qué ver con mi rebanada de riqueza. Sí te digo que otro toro no me voy a comprar; quizá un par de conejos rosados y con pintitas de color carmesí. Aunque tampoco sé si llegue a encontrar de esos. Me dice la abuela Lala que están escasos, que quizá para el invierno consiga dos o tres, pero que tenía entonces que viajar a Australia. ¡Dime tú, un hombre que no tiene ni licencia! De todos modos, veré lo que hago, tampoco quiero aparentar raro en esto de comprar vainas sin mirar qué tiempo me queda de vida. Ya sabes, debe uno aprovechar cada segundo, arriesgarse; gastar todo lo que tiene, no para quedarse sin nada, sino para vivir en el momento en que se está. No será que pensamos que nos vamos a llevar el dinero para el “otro lado”. Bueno…

Sí te digo que desde que te conozco, las cosas que me dispongo hacer, las completo. Esta piedra no sólo me sirve para la suerte, como te dije; veo que ésta (la suerte) no es más que una construcción paulatina de mis deseos con las cosas que practico. O sea, tu presencia ha ayudado a que me avive más, a que insista más, a que me quede. Y eso hago ahora, esperar. Por eso el título del nuevo libro que nos acompañará por un largo tiempo. Claro, el tema es para Ella, la creación de ese personaje que sé que me acompañará… o quizá no…

Volviendo al toro: por ahí anda, no he podido hacer nada con él, más que sentir… No sé para qué fue la compra. Espero por tu otra réplica; fíjate que debes decirme cuál era tu intención con todo esto. No estoy para tus jueguitos… El vecino dejó que lo pusiese en su garaje, y que todo lo que el toro destrozara iba a tener que pagárselo doble. No sé qué planeabas con todo esto, de verdad que no. Lo que sí sé es que después que tengo el toro no he sido el mismo de adentro; tengo ánimo hasta para cantar. ¿Me has visto cantar, o escuchado? El sonido escapa de mis labios como cuando Sharon Stone arrastra una silla por un piso de mármol. Así…No sé si tienes ese sonido grabado en tu memoria, pero sí te digo que es exquisito; parecido a la silla de mi Ella, la que guardo en mi espacio. Lo que sea que planeaste, ¡vete tú a sabe’’! Pero me muevo, estoy lleno de esos movimientos… Soy otro desde que apareció el toro, soy más chistoso y menos terco; soy más atento y menos idiota; soy bulloso y me gusta comer pan con huevo y mucha sal. Quizá tenga algo que ver con mi pedazo de meteorito, o con el toro ése. A lo mejor. Siempre te sales con las tuyas.

Eres un encanto de mujer, una dama como pocas, Mi Mensa. Admiro tantas cosas de ti, como cuando ríes. Sí, sí, sí, como cuando ríes… Sé que eso no es algo de admirar. Quise empezar por ahí para luego decirte lo siguiente… ¡Ya se me olvidó! ¡Ves las cosas que me causas, amiga de mis más infinitos sentidos, mi Mensa! Ahh, ya, me gusta que seas así… este… Así… Terca y cariñosa. Es una combinación rara, pero ahí los vidrios… Me gusta que tengas la voluntad de escuchar todo lo que digo, que me respondas con tanto sentido, que no me lleve la corriente, que me retes. Me gusta que sientas que me tienes toda la confianza del mundo, como de decirme la vez aquella cuando la gallina se metió a la casa de los suegros y tuvo que ser la maxicanica que la sacara, y ésta cuando iba a volar, porque vuelan las gallinas, nadie las detiene; se inspiran y arrancan… te dio una patada, la voladora, en uno de los labios y por eso el lunar allí; “Un lunar de gallina”… Y eso me gusta… que tengas tantas historias inverosímiles y alegres. Me gusta que seas tan tajante y dócil a la vez. Esto no sé cómo lo haces. Me gusta que seas tan extraordinaria madre, tan atenta con ellos; que seas semejante amiga para mí, que me ayudes a editar, que me des consejos sin pedírtelos, y que sepas cuando hacerlo…

Pudiera dura años hablando de ti, lo sabes. Pero me ahorro todo lo siguiente, así no me gasto. Por el momento, “sépalo”, que tengo mi meteorito enganchado en el de atrás; aunque cuando me siento me es incomodo, admito que me ha librado de mucho. Ahora soy más paciente y menos bocón. Aunque a veces se me escapa una de mis rabietas. Pero no perdura, porque me echo para atrás, recordándote, y todo se aminora. Eso es, has servido para hacerme un mejor hombre. Quizá termine mandándote algunos residuos de mis mechones. Creo que te hará mejor…

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