Mi Magre

Por, Luis Alberto Nina

 Lluvia por la ventana

Recuerdo la primera vez que conocí a mi madre. Vivíamos en Manoguayabo, un sector de Santo Domingo, Oeste, República Dominicana. La casa era de madera y techada de zinc. Ella me preparaba un jugo de jagua y yo yacía en la cama en que dormíamos todos. Aunque muy poco recuerdo de ese momento, sé que el jugo estaba bueno y que se hacía de noche rápido. Especulo que debieron ser como las cinco y algo y apenas había energía eléctrica. No llovía. Me lo encuentro raro porque para esos días solía llover todos los días y a cada rato. Era algo divertido, pero a la vez muy extraño. Claro, a mí me encantaba que lloviera, quizá era el hecho que habría más intimidad en el hogar; mi mamá trabajaba casi todos los días, pero cuando llovía se le dificultaba un poco el salir. Vivíamos en una muy pequeña casa, si cabe el sustantivo, pero grandemente limpia y natural…

La segunda vez que la vi, ella bajaba por la calle en donde vivían: su madre, su hermano, tres sobrinos, y mi hermano y yo. El lugar era otro; y, aunque la casa era de Block, de igual modo estaba cubierta de zinc. Al menos ésta era nuestra. Era una casa con un enorme patio al frente, donde pasábamos la mayor parte del tiempo en que no estábamos en la escuela o durmiendo, mi hermano, todos los primos y yo. Al lado de ella se hospedaba una mata de cereza que mi madre me había regalado antes de marcharse. Al menos eso pensé toda la vida. Me había apropiado de ella como se apega uno a la única cosa que le queda en un momento clave. Era mi cómplice y primera mejor amiga. Desde encima de sus ramas sentí una alta soledad y aprendí a conocer que, a veces, cuando más algo se quiere, más uno tiene que actuar para conseguirlo. Porque nada en la vida que sea fácil crea interés, que son aquellas cosas complicadas a las que más afecto se les tiene… De igual manera, la casa estaba situada en Santo Domingo, Oeste; pero en el Ensanche Altagracia de Herrera.

Recuerdo que ella bajaba con unos pantalones blancos y una camisa de rayas azules, horizontales; con tacos altos, el pelo suelto y en él unas gafas enterradas, al igual que traía un peluche en la mano izquierda que –al verlo– le puse dueño. —Se llama Juan Eugenio. —Luego nos reveló. Nunca supe de dónde había salido ese nombre, ¡pero qué tamaño tan grande que tenía! Sé que lo había comprado en Puerto Rico, cerca de su trabajo, nos dijo. Para ese entonces, mi madre tenía 31 años de edad. Parecía una muñeca. Me había enamorado de ella a segunda vista. Ese había sido el primer viaje que había dado a su tierra natal después de su aventurada odisea –esquivando tiburones– en el Canal de la Mona. Para ese entonces, yo tenía siete años de edad y la memoria de un pez. Pero recuerdo todo eso. Recuerdo que ella trazaba el cómo había ocurrido todo, que había sobrevivido 27 días en mar y selva, que fue todo tan difícil y que las humillaciones que se tuvo que aguantar no fueron pocas. De ese viaje recuerdo que, ella escuchaba mucha música de un tal Rafael de España; que por primera vez comimos pescado. También recuerdo que el viaje me había dejado muchos obsequios, incluyendo un Nintendo (con pistola y todo) y que era la sensación de la calle. Y que también me había dejado sonrisas y tristezas. Esas dos semanas yo había sido abrazado más de la cuenta y por primera vez, me habían regañado con autoridad… Al ella partir, me entristecí y no sabía siquiera por qué ni adónde ella iba. Apenas sabía que los grandes nos decían, a mi hermano y a mí, que ella regresaría pronto a buscarnos. Pero que por ahora debía esto ocurrir, era de la única forma que ella estaría con nosotros, y que todo entonces iba a ser permanentemente alegría. Me habían convencido, aunque triste–uno, de que, había que esperar para poder disfrutar, que la vida se pintaba siempre de esa manera. Y como tal, no había otra opción. Y así fue. Siete años ocurrieron, entre ellos ella viajó tres veces, y cuando menos lo pensábamos estábamos en una de las filas del aeropuerto, a punto de montarnos en un avión, con una revista en mano, dizque para disimular y actuar que pertenecíamos en eso de aeropuertos y aviones. Paradójicamente, y de modo de chiste se lo recordamos cuando nos juntamos y nos llega el momento, que con esa disciplina, se logró todo lo contrario. El que unos niños de un monte leyeran revistas, y en inglés, en medio de una fila era un accionar muy extraño. Ese miedo de ella por que aparentáramos normales…

Petronila GregorioLas cosas que ha hecho mi madre por mí, por nosotros (tres hermanos), no tiene parangón; han sido sin límites. Una mujer alta y pequeña, asustadiza y guerrera. Quizá suene una contrariedad, pero ésa es ella. No obstante, no deja de ser un paradigma de verdad… Desde adolescente, siempre trabajó muy fuerte, y ya adulta y con tres hijos era más bien una necesidad, que ella –muy bien y con responsabilidad– decidía enfrentar desde muy tempranito en la mañana de los días. ¡Típica mujer dominicana de los setentas y ochentas! No era la excepción de este enclave. MI madre, siempre iba detrás de la fila para no incomodar, pero era la más merecedora, la mejor aplaudida.

Una vez nos contó, y fue ahí que la coloqué más arriba de lo que ya la tenía, que había decidido financiar el viaje en yola hacia Puerto Rico, en vista de la vida paupérrima en que estábamos. —Nos caíamos a pedazos, —fueron sus palabras. Dijo: «Me dije a mí misma: o nos salvamos todos, o nos acabamos de joder». —Gracias a Dios, —cuenta ella, llegué a salvo y pudimos, poco a poco, llegar adonde hoy estamos—. No podía creer que una mujer tan pusilánime se había arriesgado a montar en una yola sólo por la sobrevivencia de todos. Para mí, eso es vida, ella es mi heroína.

Mi Magre, mi heroinaTodo lo que soy, se lo debo a mi madre: desde los viajes que dio conmigo para los doctores, el financiamiento de nuestra comida y de la escuela, y su persistencia de que no nos relacionáramos con entes ya perdidos, porque nos secuestrarían la voluntad. La tremenda inquietud por crear en nosotros una identidad inquebrantable y su enfoque en mostrarnos los dos caminos: el del éxito y el del fracaso. Todo este poco se lo debo a ella, desde lo que he vivido y lo que sueño, mi manutención todo el tiempo en que estuvimos juntos, el pedazo de educación, al igual que el apoyo en torno a que todo se podía lograr si se le ponía empeño.

Ante mis ojos vi desaparecer esa cobarde mujer de aquel entonces; la vi madurar, entender «mejor» la vida; la vi alejarse de quienes le deseaban mal; la vi ayudar a esos que más lo necesitaban, sin pretender ningún cumplido; la vi educarme sobre ética, prudencia; en intentar ser un ciudadano ejemplar, que no diera problemas y tomara con humildad lo obtenido. Esa mujer se había convertido en otro tipo de guerrera, una que luchaba sus batallas no sólo desde adentro. Estoy tan orgulloso de ella. Lo estaré siempre…

Mi madre hoy se ha retirado a su país y vive tranquila. Esperemos que esos años de vida en que ha hecho y deshecho la hayan ayudado a encontrar su verdad. De mi parte, puedo decir que tengo un excelente paradigma a seguir: dama, prudente, moral, ética, responsable, dedicada, atenta, guerrera, filántropa, organizada, sincera, humana y justa. Aprendí de ella a emular todas estas cualidades, aprendí también a decir, «yo no digo mentiras» y a verdaderamente no decirlas…

Feliz dia de las madres

Siempre digo que si mi madre se hubiese dedicado a realizar alguna carrera universitaria o a ser autodidacta, que hasta cierto punto lo fue… por mujeres como ella, su disciplina, su profesionalismo en lo que toca, su responsabilidad y pasión, hubiésemos de seguro tenido una sociedad más elogiable. Aunque, a su manera sencilla, prudente y sincera, hoy es mejor. A todos los que nos ha tocado, nos ha mejorado la vida… Para relajarla, siempre le digo, «La española». Tiene el caletre y semblante de alguien que se crió en otro país desarrollado, y elijo España porque es español que habla. Mi madre es sin duda –y en un tono elogiable e inofensivo– un espectáculo. Alguien de quien algún día se pudiera escribir un libro, Petronila Gregorio, «Mi magre».

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