Piel negra, mascaras blancas

Por, Luis Alberto Nina

Con las siguientes palabras culmina el libro de Frantz Fanon, «Piel negra, mascaras blancas»; las extraordinarias palabras de un psiquiatra oriundo de Martinica, quien –en aras por exponer y teorizar sobre la vida del negro– realiza un análisis psicológico sobre los problemas que enfrenta y ha enfrentado la “raza” negra en todo el mundo, en especial en el de los blancos. Se enfoca en la raíz del nacimiento de todo este estigma desde un aspecto colonial y racista; la inferioridad del hombre negro y la búsqueda de éste de parecerse al blanco. Fanon elabora sobre los sentimientos, el comportamiento, la sexualidad y la aptitud altanera del negro dentro de los parámetros discriminatorios a los que se enfrenta de modo cultural.

 

«Si en un momento dado se me planteó la cuestión de ser efectivamente solidario con un pasado determinado, fue en la medida en la que me comprometí, frente a mí mismo y ante mi prójimo, a combatir con toda mi existencia y toda mi fuerza para que nunca hubiera, sobre la tierra, pueblos sometidos.

No es el mundo negro el que me dicta la conducta. Mi piel negra no es depositaria de valores específicos. Desde hace tiempo el cielo estrellado que dejaba palpitante a Kant nos ha revelado sus secretos. Y la misma ley moral duda.

En tanto hombre, me comprometo a afrontar el riesgo de la aniquilación para que dos o tres verdades lancen sobre el mundo su claridad esencial.

Sartre ha mostrado que el pasado, en la línea de una actitud inauténtica “atrapa” en masa y, sólidamente andamiado, informa entonces al individuo. El pasado se transmuta en valor. Pero yo puedo también retomar mi pasado, valorizarlo o condenarlo por mis elecciones sucesivas.

El negro quiere ser como el blanco. Para el negro no hay sino un destino. Y es blanco. Ya hace mucho tiempo que el negro ha admitido la superioridad indiscutible del blanco, y todos sus esfuerzos se dirigen a realizar una existencia blanca.

¿No tengo otra cosa que hacer sobre esta tierra que vengar a los negros del siglo XVII?

¿Debo, sobre esta tierra, que ya trata de ocultarse, plantearme el problema de la verdad negra?

¿Debo confinarme en la justificación de un ángulo facial?

No tengo derecho, yo, hombre de color, a investigar qué hace superior o inferior a mi raza frente a otra.

No tengo derecho, yo, hombre de color, a anhelar la cristalización en el blanco de una culpabilización ante el pasado de mi raza.

No tengo derecho, yo, hombre de color, a preocuparme de los medios que me permitirían pisotear el orgullo del antiguo amo.

No tengo ni el derecho ni el deber de exigir reparación por mis ancestros domesticados.

No hay misión negra; no hay carga blanca.

Me descubro un día en un mundo en el que las cosas van mal; un mundo en el que me reclaman que pelee; un mundo en el que es siempre cuestión de aniquilamiento o victoria.

Me descubro yo, hombre, en un mundo en el que las palabras se orlan de silencio, en un mundo donde el otro, interminablemente, se endurece.

No, yo no tengo derecho a venir y gritar mi odio al blanco. No tengo el deber de murmurar mi reconocimiento al blanco.

He aquí mi vida atrapada en el lazo de la existencia. He aquí mi libertad que me remite a mí mismo. No, no tengo derecho a ser un negro.

No tengo el deber de ser esto o aquello…

Si el blanco discute mi humanidad, le mostraré, haciendo pesar sobre su vida todo mi peso de hombre, que yo no soy “aquel negrito” que se empeña en imaginar.

Me descubro un día en el mundo y me reconozco un único derecho: el de exigir al otro un comportamiento humano.

Un solo deber. El de no renegar de mi libertad a través de mis elecciones.

No quiero ser la víctima de la astucia de un mundo negro.

Mi vida no debe consagrarse a hacer el balance de los valores negros.

No hay mundo blanco, no hay ética blanca, ni tampoco inteligencia blanca.

Hay en una y otra parte del mundo hombres que buscan.

No soy prisionero de la Historia. No debo buscar allí el sentido de mi destino.

Debo recordar en todo momento que el verdadero salto consiste en introducir la invención en la existencia.

En el mundo al que me encamino, me creo interminablemente.

Soy solidario del Ser en la medida en que lo supero.

Y vemos, a través de un problema particular, perfilarse el de la Acción. Colocado en este mundo, en situación, “embarcado” como lo quería Pascal, ¿voy a acumular armas? ¿Voy a pedirle al hombre blanco de hoy la responsabilidad de los negreros del siglo XVII?

¿Voy a intentar por todos los medios que nazca la culpabilidad en las almas?

¿El dolor moral ante la densidad del Pasado? Yo soy negro y toneladas de cadenas, tormentas de golpes, ríos de escupitajos fluyen sobre mis hombros.

Pero no tengo derecho a dejarme anclar. No tengo derecho a admitir la menor parcela de ser en mi existencia. No tengo derecho a dejarme enviscar por las determinaciones del pasado.

No soy esclavo de la Esclavitud que deshumanizó a mis padres.

Para muchos intelectuales de color, la cultura europea presenta un carácter de exterioridad. Más aún, en las relaciones humanas, el negro puede sentirse ajeno al mundo occidental.

Si no quiere parecer el pariente pobre, el hijo adoptivo, el chico bastardo, ¿va a intentar febrilmente descubrir una civilización negra?

Que ante todo se nos comprenda. Estamos convencidos de que sería de gran interés entrar en contacto con una literatura o una arquitectura negras del siglo III antes de Jesucristo. Estaríamos muy contentos de saber que existe una correspondencia entre tal filósofo negro y Platón. Pero no vemos en absoluto en qué podría cambiar ese hecho la situación de los niños de ocho años que trabajan en las plantaciones de caña de Martinica o Guadalupe.

No hay que intentar fijar al hombre, pues su destino es estar suelto.

La densidad de la Historia no determina ninguno de mis actos.

Soy mi propio fundamento.

Al superar los datos históricos, intrumentales, introduzco el ciclo de mi libertad.

La desgracia del hombre de color es el haber sido esclavizado.

La desgracia y la inhumanidad del blanco son el haber matado al hombre en algún lugar.

Es, todavía hoy, organizar racionalmente esta deshumanización. Pero yo, hombre de color, en la medida en la que me es posible existir absolutamente, no tengo derecho a refugiarme en un mundo de reparaciones retroactivas.

Yo, hombre de color, sólo quiero una cosa:

Que nunca el instrumento domine al hombre. Que cese para siempre el sometimiento del hombre por el hombre. Es decir, de mí por otro. Que se me permita descubrir y querer al hombre, allí donde se encuentre.

El negro no es. No más que el blanco.

Los dos tienen que apartar las voces inhumanas, que fueron las de sus respectivos ancestros, a fin de que nazca una auténtica comunicación. Antes de comprometerse en la voz positiva, hay un esfuerzo de desalienación para la libertad. Un hombre, al principio de su existencia, está siempre congestionado, ahogado en la contingencia. La desgracia del hombre es haber sido niño.

Mediante un esfuerzo de reconquista de sí y de despojamiento, por una tensión permanente de su libertad, los hombres pueden crear las condiciones de existencia ideales de un mundo humano.

¿Superioridad? ¿Inferioridad?

¿Por qué no simplemente intentar tocar al otro, sentir al otro, revelarme al otro?

Mi libertad, ¿no se me ha dado para edificar el mundo del Tú?

Al final de esta obra, me gustaría que sintieran, como nosotros, la dimensión abierta de toda conciencia.

Mi último ruego:

¡Oh, cuerpo mío, haz siempre de mí un hombre que interroga!»

Fuente: Fotos

 

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