Presidente

Por, Luis Alberto Nina
 
Presidente Lincoln
Desde que era niño siempre pensé que ser presidente de un país era quizá el logro más fantástico, ultimado, tópico que se podía alcanzar. Era una especie de esfuerzo completado con el real aplauso que cualquier persona pudiese experimentar. Esa niñez diría que no duró mucho, si calculamos desde aquella vez que por primera vez entendí que estaba en un mundo, con otras personas al lado, y que existían otros lugares más extensos con todavía más personas; hasta aquel día que mi ofuscación se aclaró, digamos. Quizá fue una década, quizá un poco más… Hipólito Mejía resulta presidente de mi país, de mí –al igual que otros– República Dominicana. Desde ese momento, decirle a alguien que estudiara para que fuese presidente, para que llegara a semejante nivel de mediocridad, si lo comparáramos con Hipólito; era como decirle a alguien que se quedara donde estaba puesto, que el mundo se habría paralizado y que no existía sitio después de aquí. Se había roto el paradigma y la intención había escondido sus pasos. Claro, no podemos dejar fuera la realidad de que Hipólito no es un hombre de poco saber. No. El hombre tiene más conocimientos que yo y que muchas familias dominicanas completas. Esto no me cabe la más mínima duda. Pero para ser presidente no.
Hipolito Mejia
 
Un presidente… ¿Qué es un presidente? ¿Quién debe ser un presidente? ¿Qué simboliza semejante posición? Es fácil definir todo esto para mí:
 
1. Un presidente es alguien que administra el erario de un país. Una persona que es elegida por un pueblo, de cualquier forma que sea (muchos llaman a esto democracia). Yo soy medio escéptico en la conclusión de lo que intuye democracia y sus bemoles.
2. Un presidente debe ser alguien que esté preparado para gobernar a un país, para dirigirlo por el camino del bien, del progreso; para actualizarlo. Éste puede venir vestido como sea, pensar como sea, querer lo que sea, pero debe tener en cuenta algo muy particular: que lo que haga o deje de hacer sea la voluntad del pueblo. Y es entendido que no siempre va a hacer así, pero también es cierto que él o ella sólo está puesto ahí para que dirija la nación, no para que haga lo que piense. Se elige un presidente entre los que están concursando. No entre todos los ciudadanos del país, como debería ser. Y entre tanto se pierde la posible noción real de todo esto, que es: un presidente es aquel que mueve el rompecabezas social, y lo hace de tal manera que encaje y todo fluya acorde. Siempre, siempre, siempre, manteniendo la ética, la integridad, el compromiso social de hacer las cosas de acuerdo a como crea mejor; y por último, con el desapegue al Poder…
3. Un presidente tiene una simbología bastante particular. Ya como describí al inicio de este escrito, el mismo debe rellenar una exquisitez exclusiva para que sirva como paradigma, para que mejore situaciones y ordene un poco bajo su control, y para que lleve al país al sendero del progreso. Pero no sólo esto, lo que un presidente debe representar, más que todo, es que no debe tener miedo. Un presidente debe ser del pueblo y para el pueblo. Éste debe ser la persona más dispuesta a –tanto ganar la vida como perderla– al igual que jugársela cuando entienda que está en lo correcto. La simbología de un presidente debe ser: coraje, compromiso, ética e integridad y, sobre todo, debe ser una ofrenda al país. O sea, su persona debe ser un sacrificio a la dignidad de un país, a la superación del mismo, a un paso más de avance…
Lo que sucede en nuestra nación es posiblemente lo opuesto de todo esto que he descrito. Nosotros no hemos tenido un presidente desde que inició nuestra Primera República. No podemos llamar “presidente” al traidor de Pedro Santana. Igual ocurre con la Segunda República y personajes como Buenaventura Báez y su persecución por anexionar al país; Ulises Heureaux, dictador. Ya luego nace la Tercera República: Horacio Vásquez y sus fraudes electorales. Y Rafael L. Trujillo y su dictadura. Ya luego entra la Era democrática (o Cuarta República, si se quiere), con personalidades como Joaquín Balaguer y sus 12 años de asesinatos, fraudes electorales y dominio despótico. Hipólito Mejía, con la quiebra bancaria y la devaluación de la moneda y aquella tremenda inflación. Leonel Fernández y el auge de la delincuencia, el narcotráfico, la mentira y el endeudamiento. Y ahora Danilo Medina, con la corrupción, la manipulación mafiosa y mediática, y toda esta tremenda desmoralización social en la que nos ha encaminado. Todos ellos y más, con la excepción de unos cuantos, de la muerte del último Tirano en adelante, quizá como Juan Bosch, Francisco Alberto Caamaño Deñó y Antonio Guzmán…
Tiburon podrido
Podemos aducir que todos los presidentes dominicanos que hemos tenido, así, generalizándolo, han sido una completa basura. No podemos hablar que hemos sido gobernados por un hombre de coraje e integridad. El que tiene uno, no tiene lo otro; el que tiene lo otro, le falta todo. Hemos tenido un bulto de pusilánimes, títeres del sistema; pendejos narcisistas, mesías arrepentidos y comediantes osados y sin juicios, tiranos, racistas, materialistas y conceptualizadores. Y el último de ahora, el brincacharco que nos vigila cuando nos agrupamos: cobarde, mafioso y mentiroso. Todos ellos –de un modo u otro– han logrado crear lo que somos hoy. O mejor dicho: han logrado estancar el disparate de país en que vivimos hoy, esencialmente fallido; no tenemos institucionalidad, no se nos respeta ni un derecho cívico más que el de decir lo que queramos aunque se ignore cuando nos expresamos. Se nos endeuda cada vez más y, mientras, otros se enriquecen con lo prestado. La inseguridad arropa el pueblo de una manera tan unísona que, cada vez que se sale a la calle se esperan dos cosas: ser atracado y muerto, o, llegar a la casa salvo. Es una opción heroica transitar por el país. En adicción a esto, no hay educación con sentido, la salud es un desastre, la transportación da nausea y, al medioambiente se lo están robando pedazo a pedazo, principalmente aquellos que están puestos ahí para protegerlo. Y encima de eso, cobran un salario por robar. Somos un hazmerreir de sociedad. Ya ni la esperanza casi queda. Estamos en la orilla de un precipicio que se ha escondido de una manera tan descabellada que es mejor dejarlo ahí, porque si intentamos brincar al escape, cuando viene a ver el necio despertador del Gobierno también nos quita esa ilusión. Y encima de eso, dicen algunos que estamos bien. Y cómo, si no tenemos un Presidente.
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