Pequeño, ágil y sabio

Las aventuras de tres cualesquiera (3)

Por, Luis Alberto Nina

rio

El día se despertó más temprano de la cuenta, el bullicio de ratón no dejó a nadie dormir.

—No sé qué le da a Ratón los sábados que se levanta siempre cuando el sol aún no ha salido, —comentó Cocodrilo, mientras mantenía los ojos cerrados.

—Yo menos. Te he dicho que tenemos que salir de este gato–ratón, que un animal que se hace pasar por otro no debe ser digno de confianza. Y mira cómo nos tiene al volar… —responde Pato.

—Te dije por qué lo de su forma de comunicarse. Creo que te lo dije, ¿verdad?

—Sí, pero es que hay cosas que no me cuadran. A ver, ¿por qué sabe él hablar como gato, si yo no sé hablar como un cocodrilo?

—No empieces con las preguntas, que deberíamos estar durmiendo, y los que duermen no hablan, —devolvió Cocodrilo.

—¿Y si no pregunto, cómo sabré cosas? No sé leer.

—Otra pregunta que no es mi obligación responderte. Ya veo que no tienes remedio.

Cocodrilo se incorpora de un santiamén y se empieza a estrechar; con cada movimiento se le aleja a Pato y murmurando, cabizbajo, se va en dirección a Ratón.

—Oye tú. ¿Ya sabes por dónde es que vamos a continuar hoy? Quiero llegar ya. Es urgente que lleguemos, esta soledad me está matando, —comenta Cocodrilo a Ratón.

Pato, quien aún yace entre la grama, boca arriba, con las alas detrás de la cabeza y con las patas cruzadas, observando el espacio, pensando en cosas que sólo él sabría, decide mirar a Cocodrilo quien está junto a Ratón y quien sonríe por algo que éste (Ratón) le había replicado, pero que no pudo escuchar Pato.

—Además, «El que no sabe adónde va, ya llegó». —Siguió Ratón.

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—Sí que me haces reír a veces, Ratón, cuando no quiero matarte, claro. ¿De dónde sacaste estas dos expresiones? Sí que tienes historia tú. No sé por qué tú y Pato no pueden convivir juntos, si él tiene muchas preguntas y tú tienes respuestas. Bien saben ambos que estoy muy viejo para estar atendiendo a pichones, enseñándoles de qué está hecha la vida. No sé yo de la mía, cómo pretenden que sirva de educador. Además, no tengo ánimo para el dialogo ni para debatir. Tú sabes cosas, muchas respuestas. Cuando pregunte, dale una respuesta de todas esas que sabes. Él sólo desea saber que alguien le pone atención a sus inquietudes. ¡Aprendan a llevarse, que el camino será largo!

—Recuerda de dónde vengo, Cocodrilo, ¡Miau! ¡Miau! La vida entera me la pasé encuevado, al punto de no respirar a veces, para no ser detectado por mis cazadores. Escuché cosas. Lo único que hago ahora, por la buena memoria que tengo, es repetir todo lo que escuché. La familia Martínez también tenía dos cachorros humanos que, no dejaron nunca de preguntar. Y sus padres siempre les respondieron, a diferencia de nosotros. Los humanos siempre les responden las preguntas a sus hijos. Una vez los escuché decir que esta es una de las maneras que a sus hijos no se les mata la intriga. ¡Miau! Que se quedan curiosos toda la vida. Es decir, yo entiendo a Pato, sino que es él quien no me tolera. Quiere saber como yo y no soporta que alguien tan pequeño sepa más que él. Dice que reconoce que soy ágil, pero que no debo ser sabio también, que no es justo eso. De todos modos, Cocodrilo, intentaré hoy darle respuestas. Eso sí, si se altera y empieza a hablar de la forma en que ni él se entiende, intenta defenderme. Estoy cansado de tener que escabullirme por doquier. Ya viví eso muchos años de mi vida. Por eso amo tanto la libertad, no el esconderme.

—Y ya, que este será un día largo, debemos empezar a cabalgarlo. Hablaré con Pato. Y gracias por la ayuda.

—Para eso estamos, ¡camarada! —Pronunció Ratón, con un estruendo muy altísono y saltando para chocar las manos con Cocodrilo. Éste, sin embargo, se quedó mirándolo reaccionar excitado… movió la cabeza en forma de negación.

—¿Cuánto más faltará para quitarme estos dos del lado? —con una voz desanimada concluyó Cocodrilo.

Pato ya se había levantado de modo igual y, empezó la caminata en dirección a través de unos matorrales… Aunque los pasos eran de modo lento, el avance era evidente. Se habían alejado ya a unos cuantos kilómetros y a penas el sol estaba encima de sus cabezas. De repente, el arrastre de un chorro de agua se escuchó venir como en cascadas, él distinto tono de temperatura más fresca y naturalmente, Ratón, con su imprudencia, soltó la verdad.

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—Más adelante hay un río. Un río bastante angosto y la corriente parece ser la de un ¡Miau! animal feroz.

—¿Cómo la de un «un animal feroz»? —Pregunta Pato, intrigado por la aseveración de Ratón.

Pero Ratón, quien no iba a responderle, mira a Cocodrilo y, al éste acentuarle que lo haga, le replica a Pato, con una voz algo varonil y firme.

—Los animales feroces son fuertes y son capaces de hacerte picadillo.

—¿Y qué tiene esto que ver con un río?

—Es una metáfora, Pato, —interviene Cocodrilo.

—¿Metáfora?

—Un símil, más bien, —define Ratón.

—¿Símil? —ambos responden al mismo tiempo.

—Me dijiste que esas eran metáforas. ¿Qué es esto de símil? Me confundes. —Responde Cocodrilo.

—Lo que quise decir es que, el río tiene una corriente muy fuerte. Será difícil cruzarlo si nos decidimos a seguir en esa dirección. Un animal feroz sería algo similar. Atravesarlo hubiese tenido el mismo susto y la misma complejidad.

—¿Entendiste, Pato? —Responde Cocodrilo.

—¿Y tú, entendiste, Cocodrilo? —Responde Pato.

—Claro, claro. Sabía de lo que hablaba Ratón. Sino que, quise ver si él sabía.

—Mira ver si hay un puente por ahí u otra forma de llegar al otro lado. Porque este río se ve muy feroz, como dijiste. Y no creo que ustedes puedan atravesar más que la mitad, quizá. —llama Cocodrilo a Ratón.

—Recórcholis, Cocodrilo. Todavía más temprano de lo que ustedes se despertaron, yo anduve como diez minutos en esa dirección y el doble en la otra y no, no tenemos ¡Miau! escapatoria. Lo único que nos queda es aventurarnos. También podemos, con el calor que hace, levitar en dirección Este. Sólo fui como diez minutos, como os dije.

—¿Por qué hablas así? —Cuestionó Pato.

—No. Lo mejor es intentarlo. Si no se puede, siempre podemos arrepentirnos, —dice Cocodrilo.

Cocodrilo, sostenido de dos de sus patas y su cola, se acerca a la ribera del río; se inclina, toca el agua, sopesa la corriente y mide la distancia.

—Todo está en nuestra contra, —concluye. El agua está táctil muy fría y saben que yo no soy de agua ya fría.

—Y Ratón de ninguna agua, —corta Pato.

Cocodrilo se queda mirándolo, a punto de enfrentarlo llevándole la contraria. Pero recuerda que es Pato, y llevarle la contraria en este momento, no es oportuno.

—Y está muy profundo, —interrumpe Ratón.

—Y cómo sabes eso, inquirió Pato, con una sonrisa estrellada entre el hocico, como con el ímpetu de que finalmente ganó en una pregunta; si no lo has medido—.

—No sabes lo que sé. Sé cosas que quizá no pudieras entender el cómo las sé, pero las sé. Quizá debiste preguntarme, sin esa retorica sonrisa que te viste la trompa. Y te hubiera respondido.

—¿Cómo vamos a cruzar, Pato, tienes alguna idea? —pregunta Cocodrilo.

Pato, con el enredo de sus palabras que lo caracteriza, se expresa y deja a todos anonadados.

—No te entendí nada, —responde Cocodrilo. ¿No tienes ninguna idea, verdad?

Ratón interrumpe y le da una idea que parece ser atinada, dejando a Cocodrilo muy animado.

Leer capítulo anterior: Las dudas de Pato.

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