Somos iguales a los niños

Por, Luis Alberto Nina

Tabla rasa

Epistemológicamente, la Tabla rasa o Tabula rasa, «es un término que el filósofo inglés John Locke ha empleado para caracterizar el estado original de la conciencia del hombre, del alma del niño. Locke afirmaba contra Descartes y Leibniz, que el hombre no tiene ideas o principios innatos. Todas sus ideas y conceptos los adquiere de la vida y de la experiencia. Por eso, el estado original de la conciencia fue comparado por Locke a una tabla rasa, en la que los objetos del mundo exterior inscriben sus signos, sus imágenes, sus nombres, mediante su acción sobre los órganos de los sentidos. Tal concepción sobre el proceso del conocimiento humano es en su fundamento una concepción materialista»¹. Antes que todo, voy a definir brevemente la contradicción que exponen dos racionalistas como, Rene Descartes y Gottfried Leibniz, con la doctrina sobre el innatismo, que no es más que la aserción de que algunos conocimientos son innatos. O sea que, antes de experimentarlos o aprenderlos, ya se conocían. Esta doctrina se divide en dos ramas: Innatismo conocimiento, que es la que alega que mediante la naturaleza, las personas poseen ya el conocimiento. Y la idea innatismo, que es la que aduce que las personas tengan acceso a algunas ideas inherentes. Ambos, Descartes como Leibniz, como ya expliqué, eran filósofos racionalistas, quienes consideraban que el saber se obtenía a través del uso del razonamiento. Por ejemplo, no se tenía que tener un hijo para saber cómo éstos reaccionaban o cómo debía ser su educación. En contraste con los empiristas, como Hume, Aristóteles y el mismo Locke, que entendían que el saber únicamente se conseguía mediante la experiencia. Por ejemplo, de la única forma que sabrías sobre los causantes de las drogas era si eras un drogadicto. Resumido mejor, con la siguiente paremia: «Nada hay en la mente que previamente no estuviera en los sentidos».

Planeta en otra dimension

La tesis de Locke evidentemente tiene mucho sentido cuando hacemos un paralelismo con la siguiente hipótesis:

Si apareciéramos en otro planeta, de dimensiones distintas, con leyes físicas radicalmente diferentes a las nuestras, donde existiese una gravedad anormal, donde dos cuerpos puedan estar en diversos lugares al mismo tiempo, donde el tiempo corriera de manera desordenada y la distancia no tuviese patrón; con leyes éticas distintas, donde robar, matar y violar fuese algo normal, pero reírse fuera un crimen, igual que caminar y dormir; en que sus habitantes biológicamente fuesen distintos, donde respirar no fuese necesario, ni comer o ejercitarse; ¿cómo actuaríamos o qué conocimientos tendríamos, si partimos de la idea de que, todo lo que ya sabemos lo usamos para entender este mundo?

De todos modos, según Locke, necesitaríamos de los habitantes de dicho planeta, para lograr sobrevivir. Innatamente sobreviviríamos lo necesario, pero definitivamente sin la ayuda de otro/s, no duraría mucho.

John Locke

Hago el ejercicio de usar como paralelo la hipótesis de la vida en otro planeta de raras dimensiones para hacer entender que, los niños vienen a este mundo de la misma manera, sin saber nada, que fuera de la parte innata que corresponde a sonreír, gritar cuando algo les incomoda, alimentarse de lo primero que se deje, moverse, etc., de lo que socialmente hemos construido; es imposible que sepa actuar, a menos que, metafísicamente existiese vida mucho antes de salir a la luz.

Educar a un nino

De manera que, si asumimos la teoría de Locke, en la que yo creo, podemos juzgar la idea de que, del modo como nuestros hijos resultan, si obviamos la parte biológica–innata del comportamiento, es consecuencia eminentemente de nuestros pocos o muchos esfuerzos. Todo está bajo el control de quienes intentan mostrarle el camino a estos niños, y cada accionar juega un papel para bien o para mal en la vida de ellos; la tolerancia, la dejadez, el afecto o la atención, el cómo nos pronunciamos y actuamos cuando creemos que no nos ven, o lo que hemos logrado con nuestras vidas, entre otros, son esencialidades para el futuro de nuestros hijos. El niño es todo lo que tú le inyectes o dejes de inyectarle. Y cada momento cuenta, cada reacción exógena, lo que percibe, lo que entiende, lo que se le permite; cada ápice de tiempo es parte de su aprendizaje.

Fuente (¹)      /     (fotos)

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