Hay que saber con quién uno se monta

Por, Luis Alberto Nina

¿Cuál de los dos lo merece más?

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Siempre he vivido la vida de esta manera, poniendo en disyuntiva un escenario sobre los otros, y al parecer, es una manera –digamos– obvia del vivir. Quiero creer que todos vivimos de esta manera o de alguna similar que alcance el mismo fin o más. Con esto no digo que mis decisiones terminan siendo las mejores. No. Digo que al menos se intenta acercarse en esa dirección. ¿Cuál de los dos lo merece más? Bueno, la respusesta es: “quien lo quiera o merezca más”, que lo obtenga.

Anoche, tuve un sueño… A veces no todos los sueños se hacen realidad. Y eso es bueno a veces; lo malo es que ambas “veces” no siempre concatenan… De todos modos, el simple hecho que exista una posibilidad en toda esta conjetura, sin dudas, le aplaude a la vida. O sea, hablo de la idea de que no todos los sueños siempre se hagan realidad…

En el sueño, recuerdo que íbamos muchos en un carro grande; una minivan quizás, porque tenía tres filas de asientos.  Recuerdo que conducía una señora, su esposo iba a su lado. Detrás estaba mi esposa (del lado izquierdo), le seguía yo, luego un niño de algunos siete años, y había otra señora que estaba después y que llevaba un niño de menos de dos años cargado en sus extremidades. Detrás había otro asiento, habían dos niños de muy pequeñas edades; uno tenía un año y medio y el otro menos del año de vida fuera del vientre. Recuerdo que sonaba una canción en la radio del carro, de un artista cualquiera; no recuerdo cuál era la canción. Sí sé que ésta era muy popular, que a lo mejor se había promocionado con el fin de hacerse notorio el cantante, digamos; una de esas canciones que todo el mundo canta, cuando no le queda más nada qué decir. Y recuerdo que el niño que venía en los brazos de la señora a mi lado cantaba la canción. Y lo hacía de una manera muy jocosa. El niño que venía detrás, el más grandecito de los dos, de igual modo tarareaba la misma. Y lo hacía de una manera tan adorable y natural que en ese hueco –en que estábamos todos–, todo era risas y risas. El jolgorio era tan fantástico que ambos niños, sorprendidos, habían detenido la exposición…

Se dice que “Después de la tormenta siempre sale el sol / viene la calma”… Pero hay otra paremia algo más inversa, que quizás por mi falta de memoria la esté construyendo ahora mismo, porque no la recuerdo exactamente, que alude a que: “Antes que va a suceder un evento dramático, donde vidas posiblemente se pierdan, siempre aparece una fotografía de lo que la vida fue para nosotros”. Algo así como si la vida misma se despidiera de los que van a ausentarse, y antes de, nos recordara de qué estuvo hecha ella, la vida, y nos mostrara algunos de sus momentos de más humorada…

No recuerdo dónde íbamos, pero íbamos –que era siempre lo importante–. Recuerdo que la carretera era angosta, una de esas carreteras interestatales que aparecen en Estados Unidos… De repente al frente nuestro aparece una curva, no era la primera; ya para ese entonces habíamos atravesado varias, y para cada una de ellas mi inquietud se aceleraba más. La señora que conducía no tenía ningún vincula con ninguno de los que veníamos atrás…  Ella agarró esta curva un poco acelerada… Recuerdo que me asusté de las posibilidades, porque a veces uno se asusta de las posibilidades… Recuerdo que transcurrió el camino, la angustia mermó, los niños seguían cantando y el ambiente seguía placentero. Me parece que entonces empezó a llover o a suceder uno de esos temporales inoportunos que surgen de la nada y ponen todo al revés. Ocurrió…

Recuerdo que agarrábamos otra curva, y ésta era similar a la de atrás, pero más inclinada, mirando totalmente abajo. En frente nuestro había un autobus que conducía con la mitad de las gomas en el aire, que de repente se tildó aún más y que era imposible que todo allí dentro volviera jamás a la normalidad. Todos en minivan nos asustamos bastante. Hasta el punto que le recomendamos a la chofer que bajara la velocidad. A lo que ella no respondía. Le ordenamos que fuese más lento, porque íbamos a muy alta velocidad (tomando en consideración lo visto en el autobús, era lo lógico a hacer). Y de repente apareció otra curva, que se dirigía a nuestra derecha. Se veía todavía más increíble. Yo especulé que de ésta no nos salvamos. Y la señora que conducía aceleró todavía más. Yo la miré en el retrovisor y la vi triste. La vi suicida… Y ya nada nos rescataría  —concluí, ni siquiera la  superelevación de la carretera se puso de nuestra parte…

(No siempre estas historias se pueden contar por lo obvio, son tan increíbles que la superioridad de la hazaña se pierde con todas las vidas dentro).

Lo primero que hice fue bajarle la cabeza al niño que estaba al lado de mío. Intenté, descuidando a mi esposa que estaba a mi otro lado, buscar a los niños que se encontraban en el asiento de atrás (no estaban en sillas de seguridad). Intenté traerlos a mí, para abrazarlos, protegerlos; buscaba una manera de que no salieran volando en el momento del impacto. Y recuerdo que el instante fue inmenso, cómo el  tiempo se paralizo y de igual modo se paralizó mi cuerpo. Recuerdo que minivan se inclinó todavía más… y ya estábamos en el aire. Podía ver completamente el cielo gris, sus penas; nos llamaba. Todo lo que restaba era saber, dónde y cuándo íbamos a caer. Y si de esa caída saldría uno de nosotros vivo.

(Yo considero que de la vida siempre se debe estar aprendiendo, aunque sea solamente por hipótesis. Y aunque se aprende por naturalidad; la vida misma nos muestras algunas de sus esquinas, de sus orillas, de lo que es capaz. Y aunque es inevitable o irreversible lo que absorbemos, muchas veces lo descuidamos. Y lo hacemos mayormente porque no es a nosotros que nos ocurre o porque nada es real. Y sueños como éste, de una manera amplia, se nos enseña a vivir la vida de un modo más ordenado, más seguro; de una forma positiva… Sin lugar a dudas, hay que saber con quién uno se junta, con qué suicida uno se monta).

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