Sus piernas cruzadas

Por, Luis Alberto Nina

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Ya he tramado con tus piernas; las he adivinado pesadas y osadas y flexibles y mojadas, las he imaginado cruzadas. Las he soñado tanto que, ya no logro volver atrás. Mira cómo me encantan las piernas de las mujeres, tus piernas:

Las mujeres con las piernas cruzadas –le dan a sentir a otro– cosas que si la mirada soltara, todavía más de lo que lo hace, explicaría detalladamente por qué las piernas cruzadas ameritan el que se animen a abrirse. Pasa algo como: ves a una mujer sentada, inmediatamente la miras a los pies a ver si éstos conviven en la intemperie. Y si es así, no dejas de mirarle cada uno de sus detalles. ¡Qué maravilloso es el caminar de las ellas! Entonces te aventuras a observar la masa de su tibia y peroné, y te agrada. Permaneces en ella por el momento que quieras. Luego vas a las rodillas, las mira como que son éstas la parte que más admiras de su postura. No debe ella saber que sus rodillas sólo sirven para conectar lo que en sí deseas experimentar y para apartarlas… Entonces esperas por la eternidad perfecta para dar el gran salto; y lo haces. Brincas a sus muslos, y lo sientes, adivinas que estás tocándolos; que tus garras rozan cada centímetro de su tez, que tu atrevimiento la empieza a provocar fuertemente, que le agotas la moral… Y es así  que confirmas que una vez más están sus piernas cruzadas…

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Ahora te aseguras que la tela del vestido que le marca la cintura, las nalgas, las caderas, es propia; que provocan lo que ocasiona y que ella lo hace con cada una de sus curvas… Y te quedas mirándola de abajo – arriba, la miras cómo que es lo último que verás de ella, de toda una vida. Le muestras tus deseos, con tus gestos conversan de todo su silencio, incita de ella que floten las ganas que se tienen. Y sin que se dé cuenta, la miras, le miras las piernas; están cruzadas las malditas. La miras a los ojos y le miras las piernas, la vuelves a mirar a los ojos… y entonces empieza todo lo otro:

De mis ojos se desprenden dos garras sedientas, calurosas y atrevidas, se dirigen a sus rodillas, las apartan obedientemente… Le dices que, cuando una mujer cruza las piernas, el deseo de un hombre siempre es querer separarlas, hacerlas poesía, cantarle a su vida. Porque las ganas que se sienten de querer ganarse el Centro, invocan a eso, excitan a tocar la osadía, a experimentar la lascivia. Es así, ¡créeme! Cruzar las piernas es un mandato a abrirlas y tocar profundo. Es el impulso que agarra el cuerpo cuando quiere sexo. Se cruzan los dedos, se cruzan los ojos, se cruzan las miradas y las piernas cruzadas esperan su división… Es el simple sentido sexual de apretar la mariposa cuando se cruzan las piernas; es una parte valiente de la sensualidad de una mujer. Entonces, sólo hay que obedecer lo que corresponde y dejar que todo se toque.

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Y sin abundar mucho, le subes la falda y aprendes de la conjetura de sus extremidades, de dónde surgen aquellas impertinentes pieles de huesos y sus distancias. Entonces le quitas los pantis, si tiene. Se los arranca desde la raíz, aunque le duela. Y con la mirada, le pides a su eje que te deje tentarla, tenerla; que te deje probarla. Y la tocas, le andas el centro, y las piernas aún más se abren; y la pruebas, le gustas la piel y todas sus alas, y su mirada se place. Recuerda algo, que siempre cuando las piernas quieren, ellas quieren; la mirada confirma y ellas aplauden. Es por eso que, cuando están para eso, excitadas, cruzan su magia y esperan que otro las abran… y la esencia…

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