Tener un hijo

Por, Luis Alberto Nina

Una de las cosas que he experimentado –que no había teorizado antes de ser padre– fue la de que mi hijo Immanuel, iba a hacer que desarrollara los músculos de mi pecho de una forma fantástica. No porque tendría que darle el seno, no creo que haya hombres con glándulas mamarias, sino debido a tener que cargarlo tantas veces… Y hoy, a dos días de nueve meses de vida, siento mi cuerpo fortalecido como que acabé de llegar del gimnasio, sin ir; igualmente me duelen las costillas de –en aras de entretenerlo– tener que moverlo de un lado a otro. Y entiendo que estas criaturas ameritan ser tomadas de su cuerpo, y no una vez por dos minutos, sino a cada rato y por mucho tiempo. No es algo de lo que me lamente, a mí –como asumo que a muchos otros padres– no nos molestan nuestros hijos, en lo absoluto. En lo personal, me atrevo a decir que sé ser padre, no hablo de la educación del bebé per–se, sino en estar algo informado de todos los procesos genéticos, físicos y fisiológicos. Sé en las que me adentré. Por algo opté en tener mi primer hijo a los 34 años y no a los 20s; igual, quise prepararme psicológicamente, físicamente y económicamente (que no es que lo esté del todo, pero vive una inmensa diferencia entre un padre de 20 años de edad, recalco). Sino que, continuando con lo de cargar al bebé, admito que nunca antes especulé la fuerza física que necesitaría al tenerlo todo el tiempo cargado. Y sí, todos pensamos en esas cosas, pero no necesariamente se penetra en los intríngulis.

Tener un hijo es y siempre ha sido una responsabilidad inigualable, quizás el reto más importante de la vida de cada quien. Y sucede esto debido no sólo al significado que alberga un nuevo integrante en la sociedad, sino a que no existe una guía a seguir. Encontrarás un sinnúmero de supuestos expertos que, con la premisa de que tienen 1 ó 7 hijos, poseen la verdad entre sus gestos, pero no, tampoco es así. Aquí no se habla ni de cambiarle el Pamper, ni de bañarlo, ni de atenderlo cuando lloran, y menos se trata de –si darle o no un bobo… Se trata de educarlo para que «esté» preparado para el futuro y que así sea un buen ciudadano, una persona de bien, justa, leal, responsable, ética, solidaria, y respetuosa en todo el sentido de la palabra, pero sobre todo, que sea diferente y no otro más que vino al mundo a comer, a joder, a reproducir y a morir.

Hay que reconocer, y esto lo sé desde hace tiempo, que cada niño es diferente, que cada tiempo en que se cría y cada padre son diferentes, y que como tal, todo termina desenredándose en el siguiente binomio: qué hacer como imposición, a priori, y cómo responder ante sus reacciones. Y me llega a la mente una amiga que una vez, aludiendo a sus dos hijos, me enteraba del cómo éstos se diferenciaban y lo que ella hacía para contraatacar:

«Uno de ellos es más rudo, fuerte y necio, pero cuando le doy comida, porque sí que le gusta comer, el otro no espera a su turno y se la quita. Cuando los mando a hacer algo, al primero le gusta que sea difícil la obra, que lo rete, mientras que el segundo prefiere no hacer nada (tratando de resaltar un poco sus diferencias físicas). Y estas disimilitudes se caracterizan todavía más en los aspectos psicológicos; al primero le gusta que le aplaudan, el otro es más independiente y solidario, aunque cuando dice no, es no, y no hay castigo que lo haga cambiar. Con el pasar del tiempo, he aprendido a entender esto y a actuar al respecto: como uno de ellos es más soñoliento, el que molesta más, suele irse a la cama primero; el otro se queda entre medio de nuestras conversaciones, es un ente muy atento… les compro juegos diferentes y uno me pide más abrazos que el otro; aunque trato con esto último de darle el mismo amor a ambos. En fin, los dos son niños disimiles, y por ende a ambos hay que tratarlos y educarlos de diferente modo.-»

Y este testimonio mi amiga, que, aunque aparente común, tiene detalles muy positivos y estrictos. Fue uno de esos consejos aleatorios que ruedan por el mundo, que educó un filtro de mi vida. Me hizo pensar más la vida, no como padre, faltarían seis años para esa oportunidad, sino como ser humano en general.

Igualmente, mientras conversaba con uno de los capataces de la obra en que estoy actualmente. Hablábamos de la diferenciación entre sus trabajadores; el más joven era más rápido pero poseía menos conocimientos en la labor, el más adulto sabía más pero era más parsimonioso. Había entre el medio otros tres, uno era perfeccionista y los otros dos eran típicamente obreros normales. Hablábamos sobre los pormenores del trato de cada uno de ellos, no se debía esperar el mismo esfuerzo de cada quien; a dos de ellos se les exigía más, no de manera verbal, pero era de esperarse que –tanto el adulto como el joven– no lograrían el mismo desempeño debido a lo ya explicado; mientras que el adulto venía siendo de modo informal el maestro de todos, y el joven era el muchacho de mandado, el responsable de las máquinas y los materiales pesados… Pero lo increíble de ese grupo, me comentaba el capataz, era que todos ellos concebían que tenían un trabajo distinto, aunque de modo quizá injusto, no ganaran lo mismo…

No quisiera extenderme con esta versión de la crianza de un hijo, sólo pretendía enfatizar el compromiso con el niño –no sólo psicológico, sino físico– (quizá la parte jocosa del relato), al igual que, dar a entender, como todos sabrán, que debido a la noción de que no existe un libro que dilucide los pasos a seguir de cómo se educa a un niño, por sus infinitivas posibilidades y la ambigüedad entre las teorías, la genética, lo social, la incertidumbre y el pragmatismo, la educación de cada hijo le corresponde a cada hijo. Y como los hijos son infantes o niños, el oficio entonces descansa en los padres; solamente a los padres se les debe permitir, a menos que acepten otra cosa… Las aventuras con otros niños no necesariamente son las pertinentes para aquel niño, el otro o éste. Cada niño es diferente y el modo de educarlo es igual de diferente. ¡Esto es un axioma! En lo que se respecta al mío, creo que he hecho parte del trabajo inicial, y por ahí se almacena una valija de ideas, teorías, voluntades y atrevimientos, que perseguirán la meta ya descripta. O sea, la única improvisación aquí es la de que es el primero, y no de que sea uno de los tantos retos con que la vida ha enfrentado… Y todo esto se debe al hecho de que la valija aloja: tiempo, disciplina y resiliencia, interés, ejemplos y entendimiento, dinero y lugar, estudios y mucho amor…

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